Seminario
Internacional: "Impunidad y sus Efectos en los Procesos Democráticos".
Santiago de Chile, 14 de diciembre de 1996
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Impunidad y consecuencias sociales
LOS MEDICOS CONTRA LA HUMANIDAD
La lucha contra la impunidad ante las cortes y en la sociedad
civil
El ejemplo de los profesionales médicos.
Rainer Huhle
Con
frecuencia se recuerda en estos tiempos los procesos de Nuremberg
que hace unos 50 años se desarrollaron en esa ciudad alemana,
con el propósito de juzgar a los más altos criminales
nazis. Cuando se habla de "Los procesos de Nuremberg",
en plural, hay que tener muy claro una diferencia importante.
Hubo un solo "Tribunal Militar Internacional" en Nuremberg,
el Tribunal instalado por los cuatro grandes poderes de la alianza
político-militar que había vencido a la Alemania
nazifascista y sus aliados. Este proceso comenzó el 20
de noviembre de 1945 y terminó con la sentencia, dictada
el 1 de octubre de 1946, contra los representantes más
altos del régimen nazi, que fueron considerados como los
"criminales principales". Con esta sentencia, el Tribunal
Militar Internacional acabó su labor. No hubo continuidad
de ese esfuerzo histórico de una justicia penal internacional.
En
la misma ciudad de Nuremberg, y en la misma sala, tuvieron lugar,
después del Tribunal Militar Internacional una serie de
12 procesos más, contra un total de 177 personas acusadas
de las mismas clases de crímenes contra la paz, crímenes
de guerra y crímenes contra la humanidad. Los acusados
fueron agrupados según su pertenencia a distintos cuerpos
del partido nazi, de la administración pública o
a grupos de profesionales.
A
diferencia del Tribunal Militar Internacional, estos 12 procesos
ya no eran de carácter internacional sino conducidos por
cortes de la entonces administración legal del territorio
alemán en que se encontraba Nuremberg, es decir las autoridades
militares de Estados Unidos.
En
la historia del derecho, estos juicios son conocidos como los
"Procesos posteriores de Nuremberg". Su base jurídica
era la "Ley del Consejo de Control No. 10", una ley
dictada por las autoridades americanas que correspondía
a las normas que regían también para el Tribunal
Internacional.
Aparte
de los procesos contra corporaciones tristemente famosas como
la SS o la Gestapo, destacan algunos procesos en que se acusaba
la participación de importantes representantes de lo que
comunmente se llama la sociedad civil (si bien sus representantes
estaban integrados de manera a veces más, a veces menos,
en el aparato estatal o militar).
El
primero de estos 12 procesos comenzó a las pocas semanas
de la sentencia del Tribunal Internacional, el 9 de diciembre
de 1946. Este primer proceso se dirigió contra 23 médicos[1].
Los crímenes que se les incriminaba eran todos relacionados
con experimentos crueles practicados en prisioneros y prisioneras
de campos de concentración. Entre los experimentos mejor
documentados en las actas del proceso se encuentran los del Dr.
Rascher y sus colaboradores, que investigaron sistemá-ticamente
los efectos de la baja presión y de temperaturas extremas
en personas con vida. Las víctimas sufrieron dolores y
angustias terribles. Los que sobrevivieron, quedaron con mutilaciones
irreparables.
Otra
serie de experimentos diabólicos fue conducida por el catedrático
y director de una importante clínica, Karl Gebhardt, quien
además se desempeñó como presidente de la
sección alemana de la Cruz Roja. En el campo de concentración
de Sachsenhausen, Gebhardt infectó a reclusas polacas con
inflamaciones artificiales, parecidas a las que sufrían
personas heridas de bala, con el fin de estudiar los efectos de
distintas clases de sulfonamidas. Varias de las prisioneras murieron
a los pocos días en medio de dolores espantosos. Una de
las sobrevivientes, la Sra. Jadwiga Dzido, declaró en su
testimonio en Nuremberg: "No nos era permitido sonreir, llorar
o rezar. Cuando nos golpeaban, no podiamos defendernos. No había
esperanza de ver de nuevo nuestra patria. [. . . ] Todos los días
nos dijeron que estaríamos reducidas a meros números,
que deberíamos olvidar que somos seres humanos."[2]
El
doctor Alexander Mitscherlich, quien más tarde se haría
conocido como psicoanalista y autor de libros importantes como
"La incapacidad del duelo", recibió por parte
de la Asociación de los gremios médicos de Alemania
el encargo de observar el Proceso de los médicos en Nuremberg.
Luego, Mitscherlich , Junto con su asistente, redactó un
informe amplio que entregó a la Asociación en cuyo
nombre había asistido a las sesiones del juicio. En sus
escuetos comentarios , el doctor Mitscherlich se mostró
asombrado por la dimensión de los hechos aberrantes que
habían sido cometidos por personas de alto rango y prestigio
sobre quienes nadie hubiera sospechado ser capaces de tales crímenes.
Lo que aún le asombraba más, era la falta de conciencia
y de penitencia después de los hechos.
El
jefe de la clínica de enfermedades trópicales en
el famoso instituto "Robert Koch", el profesor Gerhard
Rose, durante cuyos experimentos con distintas vacunas en el campo
de concentración de Buchenwald murieron cientos de presos,
no dejó de defender en Nuremberg la justificación
"humana" de sus experimentos. "Entenderán
ustedes mi deseo de mantener por lo menos mi honor", dijo
ante el juzgado. Condenado a prisión perpétua en
Nuremberg, Rose logró más tarde una revisión
de su caso ante una cámara disciplinaria alemana. Hasta
en las últimas ediciones de la documentación de
Mitscherlich, el profesor Rose insiste en anotar este dictamen
(que nada tiene que ver con el juicio penal condenatorio de Nuremberg).
Pero
no sólo los acusados, el mismo gremio profesional por cuyo
mandato Mitscherlich había escrito su informe, en la práctica
lo desconoció. Ante la reticencia de buena parte de los
médicos asociados, y la negación abierta de los
terribles hechos revelados en el juicio por algunos voceros "profesionales",
la asociación silenció su propio informe. Los 10.000
ejemplares impresos desaparecieron de manera misteriosa. "En
ninguna parte se dio a conocer el libro, no hubo ninguna reseña,
ninguna carta de lector; entre las personas que conocimos en los
diez años siguientes no hubo ni una que sabía del
libro - era un misterio, como si jamás se hubiera publicado
el informe," escribió años más tarde
el mismo Mitscherlich en la presentación de la primera
edición de bolsillo que finalmente, en 1960 llegó
a un público amplio.[3]
Al
mismo tiempo que se ocultaba la verdad sobre la vergonzosa participación
activa de importantes miembros de la profesión médica
en los crímenes nazis, a los pocos años de la fundación
de la República Federal de Alemania, varios médicos
involucrados con el régimen fascista y partícipes
de algunos de sus crímenes más atroces llegaron
nuevamente a puestos claves del sistema de salud y de sus gremios.
La negación de la verdad tuvo como consecuencia inevitable
el olvido y la impunidad.
Recién
en los años sesenta y setenta, y en buena parte bajo el
impacto del libro de Mitscherlich, una minoría de los profesionales
médicos tomó conciencia de la culpabilidad de sus
colegas y de la responsabilidad especial de su profesión.
Hoy disponemos de una amplia bibliografía de investigación
sobre el rol de los profesionales del sector salud durante el
nazismo, una documentación bastante mejor elaborada que,
por ejemplo, en el caso de los jueces nazis.
Recientemente,
con ocasión de los 50 años del Juicio a los médicos,
la sección alemana de la IPPNW[4] organizó en la
misma ciudad de Nuremberg un congreso internacional en que participaron
más de 1.500 profesionales y estudiantes del sector médico.
Bajo el lema "Medicina y Conciencia", se presentaron
testigos del juicio histórico y nuevas investigaciones
relacionadas con la medicina durante el nazismo. La mayoría
de las ponencias y talleres se orientaron a temas de actualidad
que grafican, en otros contextos y con otras problemáticas
específicas, el permanente peligro de la perversión
de la profesión médica a favor de fines que nada
tienen que ver con la única tarea que le asigna la ética
al profesional: la de curar.
En
el Congreso se sometieron al debate los retos éticos que
presenta la investigación biogenética para los médicos:
Ante las nuevas posibilidades de diagnóstico prenatal,
o de análisis de las disposiciones genéticas de
cada individuo, ¿cuál es la responsabilidad del
médico? El problema de la eutanasia fue discutido en su
amplio contexto histórico. Si bien durante el nazismo la
idea de una funcionalización de la medicina para "proteger"
la sociedad de "elementos nocivos", es decir de personas
consideradas indeseables por el poder, tuvo un auge terrible,
llegando al exterminio de miles y miles de personas en los asilos,
estas tendencias tienen una historia de antes del nazismo y tampoco
han desaparecido con él. Con la diferencia que las nuevas
técnicas de la biogenética proporcionan a la sociedad
y en especial al médico un instrumental mucho más
refinado, y por lo tanto una responsabilidadmucho más difícil
de manejar, en comparación con la disyuntiva simple de
matar o no matar a un individuo, tal como se dio durante el imperio
de Hitler.
De
la misma manera se vio que pese a los terribles hechos revelados
en el proceso de Nuremberg, tampoco terminaron los experimentos
médicos con personas indefensas. El psiquiatra, médico
y jurista de la Yale University, Jay Katz informó de sus
investigaciones pioneras sobre la continuidad de los "sacrificios
humanos" al servicio de una investigación médica
inhumana, mencionando, entre otros casos, experimentos masivos
entre la población negra de Estados Unidos.En estas investigaciones,
Katz tenía que enfrentar recuerdos traumáticos del
destino de las víctimas del nazismo, siendo él mismo
hijo de una familia judío-alemana que había logrado
huir a tiempo de las persecusiones.
En
un congreso sobre "medicina y conciencia", no podía
faltar el penoso tema de la participación de tantos médicos
en actos de tortura en muchos países. En la Alemania fascista,
los médicos torturaban masivamente. Sin embargo, esto fue
casi un hecho accesorio dentro de un sistema de funcionalización
de la medicina para el terror más amplio, tal como los
experimentos ya descritos. La tortura no era el fin ni el medio
principal de la acción represiva, que había logrado
una perfección y magnitud que ya no requería de
la tortura como instrumento específico de represión.
Otro es el caso en muchas dictaduras (abiertas o disimuladas)
donde se practica hoy la tortura.
Si
en la Alemania nazi el médico torturador trataba a la víctima
como mero objeto de sus experimentos cuya muerte o sufrimientos
no interesaban a nadie, el rol del médico dentro de un
sistema de tortura represiva es precisamente velar por el comportamiento
de la víctima, determinar los límites hasta que
puede proceder el torturador y garantizar la efectividad de la
tortura para los represores. Donde la tortura está establecido
como instrumento sistemático de la represión, nunca
faltan los médicos como asesores y supervisores, si no
como participantes directos. Son parte integral del sistema, como
lo manifiestan los testimonios horrorosos de muchas víctimas.
En
el informe "Brasil: Nunca Mais" se encuentra toda una
serie de testimonios de víctimas que no dejan dudas sobre
las distintas funciones que cumple la participación de
los médicos en la tortura[5]: Asesoran a los victimarios
sobre los métodos que no dejan huellas; determinan la capacidad
de la víctima de aguantar las penas y las lesiones afligidas,
contribuyendo de tal manera a prolongar hasta lo máximo
la tortura; buscan recuperar a las personas en las que "se
le ha pasado la mano" al torturador; preparan a la víctima
para la tortura, a través de aplicaciones de inyecciones
y otros insumos; las mismas aplicaciones pueden también
ser parte integral de la tortura, como en el caso de medicamentos
que aumentan la sensibilidad al dolor, convirtiéndose el
médico de cómplice finalmente en victimario directo.
Las mismas funciones, con sus métodos respectivos, puede
desempeñar el psiquiatra, el psicoanalista o el psicólogo.
Pero
aquí no termina la participación del médico.
Como médico legista tiene un rol destacado en el encubrimiento
de las causas de las lesiones sufridas o de la muerte de la víctima,
expidiendo certificados falsos. Hasta el ginecólogo, en
un sistema represivo tiene su lugar como encubridor de la identidad
de los hijos robados a las víctimas desaparecidas. La integración
de la profesión médica (y de los demás trabajadores
del sector salud) al sistema de tortura llega a su culminación
lógica cuando el hospital se convierte en el propio centro
de tortura, tal como era el caso, entre otros, en el Chile de
la dictadura de Pinochet.[6]
La
lucha contra la impunidad no puede ni debe limitarse al campo
de la justicia penal. La justicia penal es para los casos de involucración
criminal con un régimen criminal. Pero que miles de civiles
y profesionales participen en la preparación, ejecución
y justificación de crímenes contra los derechos
humanos, revela un problema que trasciende el ámbito del
derecho penal.
Los
que están fuera de las jerarquías de los aparatos
represivos, tienen una responsabilidad talvez más alta
que los soldados y policías sometidos a órdenes.
No se trata de reclamar la defensa de la obediencia debida, pretexto
cardinal para la impunidad en muchas sociedades. Pero sí
se trata de insistir en la culpa moral agraviada en aquellos que
participan por su propia decisión en crímenes que
muchas veces sin su participación o consentimiento no pueden
ser ejecutados.
En
la Alemania de los nazis se mató a miles de personas indefensas
antes y fuera de los campos de exterminio. Solo en la cámara
de gas de la clínica de Hadamar fueron asesinados más
de 10.000 personas consideradas "indeseables". El cadáver
No. 10.000 fue festejado por el personal con música y borrachera.
Este personal era personal médico. Sin la asesoría,
la ayuda administrativa y técnica, y la participación
directa de médicos y enfermeros, estos crímenes
no hubieran sido posibles.
Fue
un comité de especialistas médicos el que decidió
sobre la técnica más eficiente del asesinato: la
cámara de gas. Y lo hicieron voluntariamente. Hitler, ante
el temor del escándalo, había asegurado que nadie
estaría obligado a participar en las acciones de la campaña
siniestra de "eutanasía".[8] Y de hecho, no se
sabe de ningún acto represivo del régimen contra
los pocos médicos o psiquiatras que se negaron a participar
en los actos del exterminio. Simplemente fueron alejados de los
grupos de planificación de los crímenes.[9]
Pero
no fueron aquellos médicos que habían mantenido
intacta su conciencia humana y la vigencia de las normas éticas
de su profesión, quienes dominaron el discurso profesional
después de la derrota del nacionalsocialismo, ni mucho
menos llegaron a posiciones claves en sus gremios respectivos.
Mientras fue callado el informe de Mitscherlich sobre el proceso
de Nuremberg - que de ninguna manera era agresivo sino marcado
de una búsqueda a veces bordando la empatía, de
comprender lo que había pasado -, entre la gran mayoría
de los médicos reinaba un compañerismo y un espíritu
de cuerpo en que la ética y la justicia no tenían
lugar, y menos la conciencia y la consideración de las
víctimas.
La
"anestesia moral" frente a los sufrimientos de las víctimas
de los experimentos y de la eutanasía que Víctor
v. Weizsäcker diagnosticó en 1947 para los médicos
que colaboraban con los nazis, se perpetuó después
de la guerra a través de la complicidad con los culpables,
inclusive con algunos criminales de primer rango. Baste un solo
ejemplo: El profesor Werner Heyde, psiquiatra y funcionario de
la SS, era uno de los organizadores de la matanza de personas
"indignas de vivir". Personalmente dispuso el asesinato
de varios miles de pacientes de distintas clínicas y de
internos de campos de concentración. Detenido después
de la guerra, escapó en un traslado de prisioneros, para
instalarse nuevamente, a partir de 1950, como psiquiatra, con
el apellido de "Dr. Sawade". En los próximos
nueve años trabajó como perito psiquiátrico,
elaborando unos 6.000 peritajes para el instituto (público)
de seguridad social. Como es natural, y se ha establecido ahora,
la identidad de "Dr Sawade" era conocida por sus superiores
y colegas directos, y por un gran número de médicos
de la región. Ninguno decidió denunciarlo ante las
autoridades judiciales o gremiales, hasta que fue descubierto
a raíz de un conflicto privado con un colega.[10] "Nadie
quería, por espíritu profesional y por decencia,
entregar a un colega y conciudadano a la autoridad de los ocupadores."[11]
Hasta
hoy, los altos funcionarios de los gremios médicos alemanes
son muy reticentes a aceptar la culpa de los colaboradores médicos
del régimen nazi. A la carta que en 1987 una estudiante
de medicina escribió al presidente del Colegio Nacional
de Médicos, el Dr. Karsten Vilmar, preguntándole
cómo era posible que ese gremio permitió el ejercicio
de la profesión durante más de 40 años a
algunos asesinos responsables de la muerte de miles de enfermos,
Vilmar replicó, que le parecía que la estudiante
no entendía los principios básicos de un estado
de derecho, que no le permitían sanciones "arbitrarias"
contra personas que no han sido condenadas por la justicia.[12]
Apoyándose
mutuamente, las autoridades judiciales y gremiales médicas
lograron evitar una condena por lo menos moral de aquellos que
partíciparon en la liquidación de miles de personas.
"Decencia y espíritu profesional" hicieron de
los asesinos presuntas víctimas de "discriminación
arbitraria", mientras que las verdaderas víctimas
quedaron puestas al lado del olvido. Cuando los hechos ya no se
podían negar, continuó la negación de la
culpa. Frente a los sucios y cobardes asesinatos de personas en
estado extremo de indefensa, algunos insistieron en hablar del
"honor".
Pero
no todos quisieron participar de tal perversión de valores.
La estudiante mencionada no fue la única que escribió
cartas. Y una nueva generación de médicos, inspirada
por personas excepcionales de la vieja generación tal como
Mitscherlich, Richter y otros, se dedicó al estudio sistemático
de la complicidad médica con los crímenes nazis.
La bibliografía acumulada en los ú ltimos años
sobre el tema es impresionante. Y no quedaron solo en la investigación
del pasado. Buscaron sacar las enseñanzas de las culpas
del pasado para el presente. La memoria de las atrocidades de
los nazis fue un incentivo para enfrentar los crímenes
de la actualidad, no sólo para la generación de
los sobrevivientes.
El
Dr. Christian Pross quien investigó detalladamente las
insuficiencias de los tímidos intentos oficiales de indemnización
y reparación de las víctimas de los nazis[13], fue
cofundador, en 1992, del importante Centro de Rehabilitación
de Víctimas de la Tortura de Berlín, el centro más
grande de Alemania. Sus estudios históricos y sociológicos
sobre el efecto de la falta de verdadera reparación en
las víctimas, le ayudan a entender los efectos de la tortura
como síntoma de una enfermedad que se llama impunidad.
"Cada absolución de un perpetrador me cuesta dos semanas
de sueño", le decía uno de sus pacientes en
el Centro de Berlín.[14]
En
el mismo salón en que hace más de 50 años
habían sido presentados los resultados "científicos"
de los experimentos mortales sobre la baja presión del
Dr. Rascher, el congreso internacional que la IPPNW organizó
en Nuremberg, el tema de los "médicos sin conciencia"
fue un punto de partida para un amplio debate de los problemas
actuales de la profesión médica. "Medicina
y Conciencia", el lema del congreso, nos quiso recordar que
estos dos conceptos son inseparables. Quiso recordar que la responsabilidad
del médico no termina ante el poder político. Los
médicos reunidos en Nuremberg dieron así pautas
para un debate que de ninguna manera es exclusivo de la profesión
médica.
Si
la historia de la profesión médica alemana muestra
tristemente hasta que grado sus miembros compartían culpas
en los crímenes de lesa humanidad de los nazis, lo mismo
vale para muchas otras profesiones. Basta estudiar las investigaciones
pioneras de Ernst Klee respecto al comportamiento de los profesores,
juristas y, hay que decirlo, teólogos.[15] El panorama
en todos los sectores profesionales de la sociedad civil, y son
ellos quienes articulan más que otros esa sociedad civil,
se parece de manera alarmante. No sólo la inteligencia
y la sabiduría no impiden la participación en los
crímenes más horrendos. La capacidad de los gremios
representativos de los profesionales de velar por la conciencia
del ejercicio de la profesión, y de rectificar comportamientos
incompatibles con los principios éticos a los cuales todos
se suscriben, muchas veces resulta insuficiente.
Lo
sucedido en la Alemania post-nazi nos enseña, entre otras
muchas cosas, que el mundo de la sociedad civil y el de la justicia
penal no son separados. La impunidad de crímenes de lesa
humanidad ante la justicia penal, con frecuencia viene precedida,
o acompañada, de una falta de conciencia ética en
los sectores de la sociedad de donde provienen los perpetradores.
El compañerismo gremial resulta muchas veces coadjuvante
en la negación de justicia ante las cortes. Los que reclamamos
justicia ante el poder judicial, no podemos lavarnos las manos
en la sociedad civil. La condena moral que la sociedad no pronuncia,
difícilmente se transformará en sentencia judicial.
La impunidad, en fin, en la democracia no es más que el
síntoma de una sociedad sin conciencia.
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NOTAS:
(1)
Un buen resumen y análisis de la participación de
los médicos en los crímenes nazis, así como
del proceso contra ellos en Nuremberg, se encuentra en el libro
de Horacio Riquelme: "Entre la obediencia y la oposición.
Los médicos y la ética profesional bajo la dictadura
militar", Caracas 1995; como indica el título del
libro, el capítulo sobre la medicina nazi forma parte de
un análisis global sobre los problemas éticos de
la medicina en dictaduras, especialmente de América Latina.
(2)Alexander
Mitscherlich/Fred Mielke (eds.): Medizin ohne Menschlichkeit.
Dokumente des Nürnberger Ärzteprozesses, Frankfurt 1960,
p. 183s.
(3)
Alexander Mitscherlich/Fred Mielke (eds.): Medizin ohne Menschlichkeit.
Dokumente des Nürnberger Ärzteprozesses, Frankfurt 1960,
p. 19
(4)
Médicos Internacionales por la Prevención de la
Guerra Atómica
(5)
Brasil: Nunca Mais, Petrópolis 1985, pp. 230-238
(6)
Sergio Pesutiç: "Los profesionales de la salud y la
tortura: Responsabilidades, riesgos y exigencias", en: CODEPU:
"Persona, Estado, Poder. Estudios sobre Salud Mental",
vol. II, Santiago de Chile 1996, pp. 87-100
(7)
Ernst Klee: "'Den Hahn aufzudrehen war ja keine große
Sache.' Vergasungsärzte während der NS-Zeit und danach",
en: Dachauer Hefte 4, München 1988, pág.1
(8)
Ernst Klee: "'Den Hahn aufzudrehen war ja keine große
Sache.' Vergasungsärzte während der NS-Zeit und danach",
en: Dachauer Hefte 4, München 1988, pág. 5
(9)
cf. Alexander Mitscherlich/Fred Mielke (eds.): Medizin ohne Menschlichkeit.
Dokumente des Nürnberger Ärzteprozesses, Frankfurt 1960,
p. 375; Horst-Eberhard Richter: Medizin und Gewissen, discurso
de apertura en el congreso "Medizin und Gewissen", Nuremberg
25 de octubre, 1996, p. 6 del manuscrito.
(10)Horst-Eberhard
Richter: Medizin und Gewissen, discurso de apertura en el congreso
"Medizin und Gewissen", Nuremberg 25 de octubre, 1996,
p. 7/8 del manuscrito.
(11)
Testimonio judicial del profesor de psiquiatría Gerhard
Kloos, citado por Ernst Klee: "'Den Hahn aufzudrehen war
ja keine große Sache.' Vergasungsärzte während
der NS-Zeit und danach", en: Dachauer Hefte 4, München
1988, p. 20.
(12)Ernst
Klee: "'Den Hahn aufzudrehen war ja keine große Sache.'
Vergasungsärzte während der NS-Zeit und danach",
en: Dachauer Hefte 4, München 1988, p. 19.
(13)Christian
Pross: Wiedergutmachung, Frankfurt 1988
(14)Christian
Pross: "'Jeder Freispruch eines Täters kostet mich zwei
Wochen Schlaf.' Gesellschaftliche und individuelle Bewältigung
des Traumas am Beispiel der DDR", en: Sepp Graesner, Norbert
Gurris, Christian Pross (eds.): Folter. An der Seite der Überlebenden
Unterstützung und Therapien, München 1996, p. 168
(15)Ernst
Klee: Was sie taten - Was sie wurden, Frankfurt 1986
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Artículo
originalmente publicado en la Revista Memoria, de Dokumentations
und Informationszentrum Menschenrechte in Lateinamerika