Colombia:
entre el militarismo y los derechos humanos
Lectura
general de la situación de derechos humanos y violencia
política en Colombia
William Bastidas, enero 2004
En
un territorio de 1.141.748 kilómetros cuadrados habitan
44 millones de personas, quienes disfrutan de una variedad de
paisajes que incluye desde páramos y nevados hasta costas
y desiertos. Diversidad de climas, pluralidad cultural y grandes
riquezas naturales hacen parte de los aspectos favorables de Colombia.
Paradójicamente esta nación latinoamericana sufre
una violencia que no se cansa de cumplir años. Tan multiforme
como su geografía.
Sin embargo, muchos conocen al país en el exterior por
el tráfico de drogas, es decir, tienen una imagen reducida
y oscura de un lugar cuya realidad social, política, económica
y cultural es mucho más rica y compleja.
Un
análisis de lo que acontece en la actualidad de esta esquina
de América del sur supone la necesaria referencia a algunos
elementos que caracterizan su historia. En sus páginas
están escritas la injusticia social y la exclusión
política de las grandes mayorías; las luchas que
éstas han librado para superar dichas contradicciones y
reivindicar sus derechos; las respuestas represivas que han dado
los gobiernos de turno frente a estos movimientos; El enfrentamiento
por el poder entre la insurgencia y el Estado; y la política
intervencionista de Estados Unidos.
No
cesa la horrible noche
A
causa de la violencia política y el conflicto armado, entre
el 1 de enero y el 30 de junio de 2003 se presentaron 2500 muertes,
fueron torturadas 157 personas, amenazadas 301, 105 desaparecidas
y 207 secuestradas (1). Durante los primeros
nueve meses del mismo año fueron desplazados 175.270 personas
dentro del territorio nacional (2). Comparten
responsabilidad en estos hechos el Estado junto con los paramilitares
y la insurgencia. Son cifras que suscitan debates entre el gobierno
del presidente Uribe y las organizaciones que las producen. Pero
cientos de informes de organizaciones nacionales e internacionales
como Amnistía Internacional, y organismos de derechos humanos
como La Oficina en Colombia del Alto Comisionado de la ONU, entre
otras, demuestran que detrás de estos números se
multiplican tragedias personales, familiares y sociales que superan
esas estadísticas en cantidad y en dolor.
.
Luego del fracaso de los procesos de paz que se iniciaron bajo
el gobierno de Andrés Pastrana en 1998 y terminaron abruptamente
el 20 de febrero de 2002, surge una tendencia militarista que
se materializa el 7 de agosto, cuando asume la presidencia de
la República Álvaro Uribe Vélez, quien llega
con el lema "Mano firme y corazón grande". Inaugura
un nuevo gobierno en medio de ataques armados de los grupos insurgentes,
que golpean incluso la casa presidencial, un preludio muy claro
de los tiempos que se avecinaban.
.
A pocos días de su posesión se declara mediante
el decreto 1873 del 11 de agosto el estado de conmoción
interior, un estado de excepción, dentro del cual se recortan
a los ciudadanos garantías constitucionales. El pretexto
para su adopción era la carencia de recursos financieros
y jurídicos para atender la crisis. Era el comienzo de
un período gubernamental que impulsaría su política
de "seguridad democrática" con acento en las
medidas represivas. La nueva estrategia gubernamental incluía
otros elementos como el programa de "soldados campesinos"
y la red de informantes, disposiciones que atentaban contra la
distinción entre población civil y combatientes,
un aspecto fundamental para hacer viable el respeto por el derecho
internacional humanitario. Éstos factores, junto con el
fortalecimiento de las fuerzas armadas, el aumento del pie de
fuerza militar y policial configuraban los pilares de esta política
del gobierno de Uribe (3).
Se crearon las zonas de rehabilitación y consolidación.
Tal como lo indica El Informe del Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Derechos Humanos sobre la situación de
derechos humanos en Colombia 2002, "La actuación de
la fuerza pública en estas zonas constituidas por el Decreto
No. 2002, no contó con el suficiente control de los órganos
judiciales y del Ministerio Público" (4).
Las consecuencias de las situaciones desatadas por estas zonas
eran apenas previsibles: Incremento en las violaciones a los derechos
humanos e infracciones al derecho internacional humanitario (5).
La corte Constitucional señaló como inconstitucionales,
el 26 de noviembre del mismo año, muchas de sus disposiciones.
Otro
tema que genera preocupación es el de las negociaciones
de paz con los grupos paramilitares, una puerta abierta para la
impunidad. También en este punto la Oficina del Alto Comisionado
ha hecho observaciones importantes (6).
Contra
la corriente
En
este afán gubernamental por resolver los problemas del
país de acuerdo a sus criterios militaristas, el 10 de
diciembre de 2003, el día internacional de los derechos
humanos, el Senado aprobó en último debate la reforma
constitucional antiterrorista (7), a pesar
de que había un gran movimiento de oposición frente
a estas políticas. Una vez más el gobierno del presidente
Uribe ignora las recomendaciones de la sociedad civil y de la
comunidad internacional.
A
comienzos de 2003, La Oficina en Colombia del Alto Comisionado
de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos entregó
una serie de recomendaciones sobre derechos humanos y derecho
internacional humanitario. Ellas son agrupadas en seis temas y
van dirigidas a la sociedad civil, al Estado y a los grupos armados
ilegales. El documento señala como "Áreas de
especial preocupación e importancia" el mantenimiento
del Estado de derecho y la adopción y aplicación
de la política de seguridad". Con la implementación
de estas medidas resurgen en el panorama de los derechos humanos
y la violencia política en Colombia, fantasmas que ya han
recorrido en décadas pasadas, no sólo los países
latinoamericanos, sino también otras latitudes en el ámbito
internacional. La posibilidad de nuevas violaciones a los derechos
humanos e infracciones al derecho internacional humanitario no
se escapa ante esta nueva realidad.
La
historia enseña que no deben repetirse experiencias nefastas.
Una de las nuevas facultades contenidas en el estatuto antiterrorista,
interceptación de telecomunicaciones, tiene mucho que ver
con la exposición que se realiza actualmente en el Museo
de Comunicaciones de Nuremberg: "Ein offenes Geheimnis"
(Un secreto abierto). En la que se muestran los métodos
empleados por instancias oficiales en la DDR, Alemania Oriental,
para controlar la correspondencia, interceptar llamadas y otras
formas de comunicación privada. No lo hace para fomentar
el recuerdo de una época añorada, sino como la memoria
triste de estrategias de control social que desembocaron en violaciones
a los derechos fundamentales.
______________
Notas:
1. Revista Noche y Niebla No. 27. Banco de Datos
del Cinep y Justicia y Paz. Bogotá, enero - junio 2003
2.
CODHES, Consultaría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento.
Información que puede ser consultada en http://www.codhes.org.co
3. Cfr. Informe del Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Derechos Humanos sobre la situación
de derechos humanos en Colombia 2002, pág. 11, párrafo
14. http://www.hchr.org.co
4.
Ibid, pág. 23, párrafo 67.
5.
El Banco de Datos de derechos humanos y violencia política
hizo un seguimiento de estas zonas de rehabilitación y,
en general, de la política de defensa y seguridad democrática,
y ofrece, a través de sus publicaciones y su página
de Internet http://www.nocheyniebla.org
información al respecto.
6.
Ver el comunicado de prensa de La Oficina del Alto Comisionado
de la ONU con fecha 08.28 de 2003 y que se en cuentra en: http://www.hchr.org.co
7.
La Comisión Colombiana de Juristas, en un comunicado de
prensa del 12 de diciembre de 2003 anota al respecto: "Organizaciones
de derechos humanos, incluida la Oficina en Colombia del Alto
Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, pidieron
al Congreso durante todo el trámite de la reforma constitucional
que se archivara la iniciativa debido a la gravedad de las medidas
allí contempladas. La solicitud se fundamentó en
que con la aprobación del proyecto se vulnerarían
los tratados internacionales de derechos humanos y los compromisos
del Estado colombiano y se derogaría un aspecto central
de la Constitución de 1991: el que prohibía tajantemente
que las fuerzas militares pudieran ejercer funciones judiciales
en relación con civiles".