LA
RECONSTRUCCION HUMANA: BASE PARA LA PAZ EN CENTROAMERICA
Edgar
Gutiérrez, octubre 1997
Los
centroamericanos seguimos estando ante un desafío formidable,
como es la construcción de la paz. Naturalmente, la paz entendida
no sólo como ausencia de guerra, sino como la convergencia de
satisfacciones materiales y espirituales que generan equilibrios
en la sociedad y facilitan las relaciones humanas. Para decirlo
más claramente cito a la Conferencia Episcopal de Guatemala, de
su última Carta Pastoral "Urge la Verdadera Paz!": la
paz requiere un nuevo orden económico, social y político conforme
a la dignidad de todas y cada una de las personas, impulsando
la justicia y la solidaridad...
Quiero
abordar este tema a partir de una serie de proposiciones que nos
permitan un acercamiento desde dimensiones diversas.
La
primera proposición sería: nuestros países en Centroamérica viven un cambio
de época, determinado por transformaciones profundas en los sistemas
internacionales de trabajo, por el papel de la tecnología en la
producción y reconfiguración de la geografía política mundial.
Esto significa la creación de un nuevo marco de gobernabilidad
para nuestros países, el que tiene como premisa la desactivación
de los conflictos armados internos, entendidos éstos como manifestación
prolongada de la guerra fría, o sea, de la confrontación global
que comenzó a quedar resultas hace justamente más de diez años.
La
así llamada globalización de los sistemas de producción e intercambio
levanta para nuestros países dilemas nuevos, pero sobre un telón
de fondo viejo y ya conocido. La fórmula de la gobernabilidad
tiene dos componentes: la reforma política, que nos habla de una
nueva relación de poderes en el estado, esto significa que la
anterior combinación de desarrollismo y militarismo se debilita
por caducidad y es reemplazada por el paradigma neoliberal y el
estilo empresarista. La reforma política entonces, nos lleva a
un reemplazo de las estructuras institucionales y jurídicas forjadas
en nuestros países tras la Segunda Posguerra Mundial, pero viciadas
y corrompidas hasta el punto de que el llamado Estado de bienestar,
se convirtió para nosotros en Estado del malestar.
Ahora,
pues, vivimos una penosa transición hasta la reedificación estatal,
basada en la elaboración de un nuevo código de relaciones sociales
que pretende atacar el régimen de impunidad tan extendido y al
mismo tiempo acabar con la exclusión política de las fuerzas que
se levantaron en armas, en el caso de Guatemala, desde los tempranos
años sesenta, y que desataron una de las crisis de poder y estabilidad
más serias desde las reformas liberales del siglo pasado.
La
reforma económica, por otro lado, pretende liberar las fuerzas
del mercado como condición de modernidad. El problema es que los
programas de ajuste estructural parten de una premisa falsa: que
nuestros países lograron cristalizar el proyecto Estado-Nación,
y que generaron las correspondientes clases y grupos sociales
que sustentan ese proyecto, y la consiguiente cultura nacional.
Nuestra realidad no corresponde a ese esquema. Los programas de
estabilización y ajuste estructural tienen el efecto de socavar
desde el inicio la reforma política, porque aumenta la producción
de pobres y de pobreza, es decir, tiene un carácter excluyente
y no equitativo.
Nuestros
países ingresan a esta nueva era exhaustos por las guerras internas
y el quiebre económico que venció la espina dorsal de nuestros
aparatos productivos, y la suplantó por un sistema financiero
altamente volátil y especulativo. Nicaragua y El Salvador son
dos ejemplos cercanos de tránsito hacia la posguerra bajo planes
de ajuste estructural empobrecedores. Chiapas, en la frontera
norte de Centroamérica, es otro ejemplo de estallido de sociedades
pre-estatales que llaman la atención como aquella conciencia que
no nos deja dormir en paz, sobre el rumbo a que nos somete la
globalización. La reivindicación de los pueblos hoy día en Mesoamérica,
es decir, Centroamérica más la península de Yucatán de México,
es simple y contundente: Queremos países en que quepamos todos.
La
segunda proposición se refiere a los actores de este proceso que he pretendido
esbozar. He hablado de nuevos actores de poder empresarial con
pretensión hegemónica en nuestros países. Se trata de una transferencia
de la gestión empresarial hacia la gestión estatal liderada por
los estamentos llamémosles modernos, gerentes, banqueros, e industriales
(rara vez terratenientes), los cuales también atraviesan un período
de aprendizajes y choque con las estructuras que se resisten a
su estilo de cambio. Estos sectores, que portan en su agenda las
reformas políticas y económicas a que hice referencia, fomentan
la reprivatización y los nuevos valores de la educación, las normas
de consumo y las formas de representación social.
Los
viejos aparatos militares que marcaron una larga época autoritaria
y represiva en nuestras sociedades, se debilitan, pero a la vez
mutan sus aparatos y su ideología a las nuevas circunstancias.
No es casual que en las negociaciones de paz, tanto en Nicaragua,
como en El Salvador y Guatemala, en contextos de relaciones de
fuerza tan disímiles, haya un común denominador: el intento de
sujeción del nuevo poder civil sobre el militar y la adecuación
de las funciones de éste a una sociedad democrática.
Sin
embargo, estoy hablando de mutaciones dentro de los aparatos militares,
porque hay ciertas instancias sombra de las fuerzas armadas –que
normalmente son los organismos de inteligencia- que juegan un
papel estratégico para la gobernabilidad. Y la razón es que las
estructuras desplazadas generan una actitud reactiva desestabilizadora
a través de las mafias, el crimen organizado que, justamente se
organizan fuera de la ley, como bandas de secuestradores, robacarros,
contrabandistas, narcotraficantes y pandillas juveniles con control
territorial. La mutación del aparato militar puede ser todavía
más riesgosa si imprime –sobre mentalidades militarizadas- los
métodos que configuran los Estados policíacos para controlar los
múltiples factores de inestabilidad social.
Luego
tenemos una sociedad civil desbordante y atravesando una crisis
propia de integración. En efecto, las sociedades civiles en Centroamérica
están mostrando un dinamismo contagiante. Prácticamente están
en todo. Los partidos políticos como formas de representación
de los diversos intereses sociales en el Estado, han quedado agotados,
como parte del viejo sistema institucional, al igual que el sindicalismo
que tanto auge cobró durante la vigencia del Mercado Común Centroamericano,
en las décadas de 1960 y 1970.
Hoy
día, la sociedad civil se manifiesta de múltiples formas, tanto
en el campo del desarrollo, donde aporta enfoques y metodologías
microregionales para la pequeña producción agrícola y artesanal,
los conceptos de manejo del medio ambiente y la actualización
de tecnologías propias, allá donde el estado se está retirando
o donde nunca estuvo, en el campo de la educación no formal, la
capacitación técnica, la formación ciudadana, la organización
comunitaria, con un mensaje abierto y participativo, de promoción
de los derechos humanos, de análisis de conflictos, de superación
de etapas postraumáticas y la educación para la paz con justicia.
También en el campo de la movilización y la autogestión barrial,
comunitaria, y municipal, y de reconstitución de los tejidos sociales
que quedaron tan lastimados.
En
esta dinámica es que muestran un nuevo perfil las mujeres, los
movimientos de base y los movimientos indígenas, con una propuesta
explícita de reconstitución de la nación sobre bases pluriculturales,
multiétnicas y plurilingües.
La
emergencia de las mujeres, como sujeto político, tiene su propia
explicación histórica en nuestros países, y está muy vinculada
a las necesidades que les impusieron la guerra y la precariedad
económica a las familias. Es decir, básicamente la trascendencia
del ámbito doméstico ocurre en los amplios estratos pobres y de
clase media empobrecida, y no en la clase media holgada, como
ha ocurrido en otros países.
Los
movimientos indígenas, por lo consiguiente, surgen con mucha vitalidad
y coherencia ante los datos inquietantes de la realidad: la globalización
que irrumpe arrolladamente hasta las últimas comunidades con su
oferta masificadora del consumo, borrando historia y cultura,
e imprimiendo la velocidad de los medios de comunicación. Ello
golpea sobre todo a las generaciones jóvenes y a las poblaciones
desarraigadas a causa de los conflictos armados, pero también
de las migraciones forzadas por razones económicas que miran la
jauja –o sea, ese sueño de ciudades de grandes riquezas y oportunidades-
en la opulenta sociedad estadounidense.
Pero,
por otro lado, estos movimientos indígenas son conscientes de
la crisis del proyecto de Estado-Nación, encarnado en nuestro
países por las elites criollas (es decir, los descendientes directos
de españoles y europeos) y ladina, pues sus bases materiales,
sus premisas ideológicas de soberanía y nacionalismo, así como
su concepto de fronteras nacionales se están alterando radicalmente.
Menciono dos ejemplos cercanos. Las misiones de Naciones Unidas
para la verificación de los acuerdos de paz, y los programas de
alivio de la pobreza, también canalizados a través de Naciones
Unidas, le dan una dimensión internacional y transnacional a nuestras
transiciones que, a la vez, da carta de reconocimiento a los actores
hasta ahora subordinados, discriminados y excluidos por las étnias,
el género y la cultura de violencia dominantes.
Pero
antes decía que esta sociedad civil a veces tan amorfa y conflictiva
tiene su propia crisis de integración, que se refiere a sus mecanismos
de articulación y a sus formas de representación. Ello se trata
de resolver mediante referentes territoriales, es decir, la gente
se organiza prioritariamente donde vive, que es su espacio vital
de reproducción social, y ya no trabaja, pues sus trabajos son
múltiples, inestables y exigen constante desplazamiento. De allí
que los espacios familiares, locales, comunitarios, municipales
y hasta regionales adquieran ahora una dimensión política diferente.
Las formas de representación, de igual manera, son nuevas; muchas
veces son simbólicas y se trata de conferir a autoridades morales,
antes que a representantes políticos. Esta legitimidad a veces
choca con la legalidad establecida y provoca desencuentros, si
el sistema jurídico establecido por el Estado no está atento a
ellos.
Quiero
terminar formulando una tercera posición. Esta se refiere a la
perspectiva de sobrevivencia de nuestros pueblos. En lo personal
tengo mucha confianza en la creatividad, el ingenio y la capacidad
de trabajo de los pueblos centroamericanos. Pero también pienso
que es importante detenernos a reflexionar sobre el efecto acumulado,
fatigoso, que ha tenido la vida en esa región del mundo en los
últimos treinta años, y los múltiples desencantos de las promesas
perdidas en el camino. Primero fue la idea de desarrollo y progreso,
como horizonte asequible de una vida mejor, con la atracción de
los centros urbanos, la circulación del dinero y la tecnología
que aseguraba la abundancia. Después fue la revolución armada
como único camino para la transformación de las estructuras injustas
y la creación de un Estado que gestaría también al hombre y la
sociedad nuevas. Ahora es la conquista de la paz en el contexto
de la edificación del estado de Derecho, y la eficiencia económica
como postulado del neoliberalismo para acercarnos a la cultura
occidental desarrollada, postindustrial.
El
progreso no llegó a Centroamérica. La revolución fue un sueño
que algunas veces se transformó en pesadilla. La paz puede ser
la cortina de humo detrás de la cual crece la miseria de los pueblos.
Por todo ello, no es extraño que enfrentemos una crisis gravísima,
casi existencial. El amor a la vida y el sentido de resistencia
de nuestros pueblos son ejemplos que siempre debemos recuperar,
pero que no nos deben impedir ver con realismo la perversión que
se nos impone.
Las
decenas de miles de niños que viven en la calle que realizan sus
únicas fantasías no prohibidas con los valores y los personajes
ficticios que salen del video, o en el uso fugaz de una radiograbadora,
o unos zapatos tenis de marca cuyo precio sería el equivalente
al salario de un mes del obrero, mientras duermen alcoholizados
o drogados. La aprehensión, la desconfianza, la inseguridad en
las calles y los caminos que hace ver en el prójimo al enemigo,
al agresor. Existen imágenes terribles y espantosamente cotidianas
de linchamientos y ejecuciones de penas de muerte por parte de
poblaciones enardecidas y a la vez temerosas, que descargan su
impotencia ante un real o supuesto delincuente.
En
las postguerras se habla mucho sobre planes de reconstrucción.
Se diseñan proyectos y se ejecutan programas millonarios con generosa
asistencia internacional. Hasta ahora se habrán invertido unos
US 5.000 millones de dólares en programas de reconstrucción material
en Centroamérica, y están por aplicarse otros US 1.000 millones
de dólares en Guatemala.
Pero
en los ejemplos cercanos que tenemos en Nicaragua y El Salvador,
encontramos pueblos deprimidos por condiciones materiales de vida
siempre más adversas. En Guatemala tenemos un ejemplo cercano
de asistencia para la zona de Ixcán, una de las más golpeadas
por la guerra, donde se habrá invertido un millón de dólares por
kilómetro cuadrado, para la paz; pero las condiciones que hicieron
de aquella una próspera y feliz región en los años sesenta y setenta,
siguen sin regresar.
Hay
una dimensión de la reconstrucción que ha quedado relegada, y
ésta es la reconstrucción humana, de las personas y las comunidades.
Esta es una tarea clave de acompañamiento para la reparación interna,
para ayudar al procesamiento de las experiencias traumatizantes,
al entendimiento de la historia reciente, a la recuperación de
la dignidad de las víctimas y también, porque no, de los victimarios,
al crecimiento en sabiduría para el manejo de los conflictos locales
e intracomunitarios, en el manejo de nuestra propia coyuntura,
de sus riesgos y oportunidades. La reconstrucción humana es piedra
angular para la recuperación de nuestros pueblos. Y en esto las
iglesias están llamadas a dar una contribución esencial.
Edgar
Gutiérrez coordinó el proyecto de investigación conocido como
Recuperación de la Memoria Histórica, REMHI, de la Oficina de
Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala. Esta ponencia se
ofreció en el seminario "La paz no significa solamente el
fin de la guerra – Diez años de Esquipulas y sus consecuencias
para el tiempo presente" en Baviera, 17-19 Octubre 1997.