Los centroamericanos seguimos estando ante
un desafío formidable, como es la construcción de la paz. Naturalmente, la paz
entendida no sólo como ausencia de guerra, sino como la convergencia de
satisfacciones materiales y espirituales que generan equilibrios en la sociedad
y facilitan las relaciones humanas. Para decirlo más claramente cito a la
Conferencia Episcopal de Guatemala, de su última Carta Pastoral "Urge la
Verdadera Paz!": la paz requiere un nuevo orden económico, social y
político conforme a la dignidad de todas y cada una de las personas, impulsando
la justicia y la solidaridad...
Quiero abordar este tema a partir de una
serie de proposiciones que nos permitan un acercamiento desde dimensiones
diversas.
La primera proposición sería: nuestros países en Centroamérica viven un
cambio de época, determinado por transformaciones profundas en los sistemas
internacionales de trabajo, por el papel de la tecnología en la producción y
reconfiguración de la geografía política mundial. Esto significa la creación de
un nuevo marco de gobernabilidad para nuestros países, el que tiene como
premisa la desactivación de los conflictos armados internos, entendidos éstos
como manifestación prolongada de la guerra fría, o sea, de la confrontación
global que comenzó a quedar resultas hace justamente más de diez años.
La así llamada globalización de los sistemas
de producción e intercambio levanta para nuestros países dilemas nuevos, pero
sobre un telón de fondo viejo y ya conocido. La fórmula de la gobernabilidad
tiene dos componentes: la reforma política, que nos habla de una nueva relación
de poderes en el estado, esto significa que la anterior combinación de
desarrollismo y militarismo se debilita por caducidad y es reemplazada por el
paradigma neoliberal y el estilo empresarista. La reforma política entonces,
nos lleva a un reemplazo de las estructuras institucionales y jurídicas
forjadas en nuestros países tras la Segunda Posguerra Mundial, pero viciadas y
corrompidas hasta el punto de que el llamado Estado de bienestar, se convirtió
para nosotros en Estado del malestar.
Ahora, pues, vivimos una penosa transición
hasta la reedificación estatal, basada en la elaboración de un nuevo código de
relaciones sociales que pretende atacar el régimen de impunidad tan extendido y
al mismo tiempo acabar con la exclusión política de las fuerzas que se
levantaron en armas, en el caso de Guatemala, desde los tempranos años sesenta,
y que desataron una de las crisis de poder y estabilidad más serias desde las
reformas liberales del siglo pasado.
La reforma económica, por otro lado,
pretende liberar las fuerzas del mercado como condición de modernidad. El
problema es que los programas de ajuste estructural parten de una premisa
falsa: que nuestros países lograron cristalizar el proyecto Estado-Nación, y
que generaron las correspondientes clases y grupos sociales que sustentan ese
proyecto, y la consiguiente cultura nacional. Nuestra realidad no corresponde a
ese esquema. Los programas de estabilización y ajuste estructural tienen el
efecto de socavar desde el inicio la reforma política, porque aumenta la
producción de pobres y de pobreza, es decir, tiene un carácter excluyente y no
equitativo.
Nuestros países ingresan a esta nueva era
exhaustos por las guerras internas y el quiebre económico que venció la espina
dorsal de nuestros aparatos productivos, y la suplantó por un sistema
financiero altamente volátil y especulativo. Nicaragua y El Salvador son dos ejemplos
cercanos de tránsito hacia la posguerra bajo planes de ajuste estructural
empobrecedores. Chiapas, en la frontera norte de Centroamérica, es otro ejemplo
de estallido de sociedades pre-estatales que llaman la atención como aquella
conciencia que no nos deja dormir en paz, sobre el rumbo a que nos somete la
globalización. La reivindicación de los pueblos hoy día en Mesoamérica, es
decir, Centroamérica más la península de Yucatán de México, es simple y
contundente: Queremos países en que quepamos todos.
La segunda proposición se refiere a los actores de este proceso que he
pretendido esbozar. He hablado de nuevos actores de poder empresarial con
pretensión hegemónica en nuestros países. Se trata de una transferencia de la
gestión empresarial hacia la gestión estatal liderada por los estamentos
llamémosles modernos, gerentes, banqueros, e industriales (rara vez
terratenientes), los cuales también atraviesan un período de aprendizajes y
choque con las estructuras que se resisten a su estilo de cambio. Estos
sectores, que portan en su agenda las reformas políticas y económicas a que
hice referencia, fomentan la reprivatización y los nuevos valores de la
educación, las normas de consumo y las formas de representación social.
Los viejos aparatos militares que marcaron
una larga época autoritaria y represiva en nuestras sociedades, se debilitan,
pero a la vez mutan sus aparatos y su ideología a las nuevas circunstancias. No
es casual que en las negociaciones de paz, tanto en Nicaragua, como en El
Salvador y Guatemala, en contextos de relaciones de fuerza tan disímiles, haya
un común denominador: el intento de sujeción del nuevo poder civil sobre el
militar y la adecuación de las funciones de éste a una sociedad democrática.
Sin embargo, estoy hablando de mutaciones
dentro de los aparatos militares, porque hay ciertas instancias sombra de las
fuerzas armadas –que normalmente son los organismos de inteligencia- que juegan
un papel estratégico para la gobernabilidad. Y la razón es que las estructuras
desplazadas generan una actitud reactiva desestabilizadora a través de las
mafias, el crimen organizado que, justamente se organizan fuera de la ley, como
bandas de secuestradores, robacarros, contrabandistas, narcotraficantes y
pandillas juveniles con control territorial. La mutación del aparato militar
puede ser todavía más riesgosa si imprime –sobre mentalidades militarizadas-
los métodos que configuran los Estados policíacos para controlar los múltiples
factores de inestabilidad social.
Luego tenemos una sociedad civil desbordante
y atravesando una crisis propia de integración. En efecto, las sociedades
civiles en Centroamérica están mostrando un dinamismo contagiante.
Prácticamente están en todo. Los partidos políticos como formas de
representación de los diversos intereses sociales en el Estado, han quedado
agotados, como parte del viejo sistema institucional, al igual que el
sindicalismo que tanto auge cobró durante la vigencia del Mercado Común
Centroamericano, en las décadas de 1960 y 1970.
Hoy día, la sociedad civil se manifiesta de
múltiples formas, tanto en el campo del desarrollo, donde aporta enfoques y
metodologías microregionales para la pequeña producción agrícola y artesanal,
los conceptos de manejo del medio ambiente y la actualización de tecnologías propias,
allá donde el estado se está retirando o donde nunca estuvo, en el campo de la
educación no formal, la capacitación técnica, la formación ciudadana, la
organización comunitaria, con un mensaje abierto y participativo, de promoción
de los derechos humanos, de análisis de conflictos, de superación de etapas
postraumáticas y la educación para la paz con justicia. También en el campo de
la movilización y la autogestión barrial, comunitaria, y municipal, y de
reconstitución de los tejidos sociales que quedaron tan lastimados.
En esta dinámica es que muestran un nuevo
perfil las mujeres, los movimientos de base y los movimientos indígenas, con
una propuesta explícita de reconstitución de la nación sobre bases
pluriculturales, multiétnicas y plurilingües.
La emergencia de las mujeres, como sujeto
político, tiene su propia explicación histórica en nuestros países, y está muy
vinculada a las necesidades que les impusieron la guerra y la precariedad
económica a las familias. Es decir, básicamente la trascendencia del ámbito
doméstico ocurre en los amplios estratos pobres y de clase media empobrecida, y
no en la clase media holgada, como ha ocurrido en otros países.
Los movimientos indígenas, por lo
consiguiente, surgen con mucha vitalidad y coherencia ante los datos
inquietantes de la realidad: la globalización que irrumpe arrolladamente hasta
las últimas comunidades con su oferta masificadora del consumo, borrando
historia y cultura, e imprimiendo la velocidad de los medios de comunicación.
Ello golpea sobre todo a las generaciones jóvenes y a las poblaciones
desarraigadas a causa de los conflictos armados, pero también de las
migraciones forzadas por razones económicas que miran la jauja –o sea, ese
sueño de ciudades de grandes riquezas y oportunidades- en la opulenta sociedad
estadounidense.
Pero, por otro lado, estos movimientos
indígenas son conscientes de la crisis del proyecto de Estado-Nación, encarnado
en nuestro países por las elites criollas (es decir, los descendientes directos
de españoles y europeos) y ladina, pues sus bases materiales, sus premisas
ideológicas de soberanía y nacionalismo, así como su concepto de fronteras
nacionales se están alterando radicalmente. Menciono dos ejemplos cercanos. Las
misiones de Naciones Unidas para la verificación de los acuerdos de paz, y los
programas de alivio de la pobreza, también canalizados a través de Naciones
Unidas, le dan una dimensión internacional y transnacional a nuestras
transiciones que, a la vez, da carta de reconocimiento a los actores hasta ahora
subordinados, discriminados y excluidos por las étnias, el género y la cultura
de violencia dominantes.
Pero antes decía que esta sociedad civil a
veces tan amorfa y conflictiva tiene su propia crisis de integración, que se
refiere a sus mecanismos de articulación y a sus formas de representación. Ello
se trata de resolver mediante referentes territoriales, es decir, la gente se
organiza prioritariamente donde vive, que es su espacio vital de reproducción
social, y ya no trabaja, pues sus trabajos son múltiples, inestables y exigen
constante desplazamiento. De allí que los espacios familiares, locales,
comunitarios, municipales y hasta regionales adquieran ahora una dimensión
política diferente. Las formas de representación, de igual manera, son nuevas;
muchas veces son simbólicas y se trata de conferir a autoridades morales, antes
que a representantes políticos. Esta legitimidad a veces choca con la legalidad
establecida y provoca desencuentros, si el sistema jurídico establecido por el
Estado no está atento a ellos.
Quiero terminar formulando una tercera
posición. Esta se refiere a la perspectiva de sobrevivencia de nuestros
pueblos. En lo personal tengo mucha confianza en la creatividad, el ingenio
y la capacidad de trabajo de los pueblos centroamericanos. Pero también pienso
que es importante detenernos a reflexionar sobre el efecto acumulado, fatigoso,
que ha tenido la vida en esa región del mundo en los últimos treinta años, y
los múltiples desencantos de las promesas perdidas en el camino. Primero fue la
idea de desarrollo y progreso, como horizonte asequible de una vida mejor, con
la atracción de los centros urbanos, la circulación del dinero y la tecnología
que aseguraba la abundancia. Después fue la revolución armada como único camino
para la transformación de las estructuras injustas y la creación de un Estado
que gestaría también al hombre y la sociedad nuevas. Ahora es la conquista de
la paz en el contexto de la edificación del estado de Derecho, y la eficiencia
económica como postulado del neoliberalismo para acercarnos a la cultura
occidental desarrollada, postindustrial.
El progreso no llegó a Centroamérica. La
revolución fue un sueño que algunas veces se transformó en pesadilla. La paz
puede ser la cortina de humo detrás de la cual crece la miseria de los pueblos.
Por todo ello, no es extraño que enfrentemos una crisis gravísima, casi
existencial. El amor a la vida y el sentido de resistencia de nuestros pueblos
son ejemplos que siempre debemos recuperar, pero que no nos deben impedir ver con
realismo la perversión que se nos impone.
Las decenas de miles de niños que viven en
la calle que realizan sus únicas fantasías no prohibidas con los valores y los
personajes ficticios que salen del video, o en el uso fugaz de una
radiograbadora, o unos zapatos tenis de marca cuyo precio sería el equivalente
al salario de un mes del obrero, mientras duermen alcoholizados o drogados. La
aprehensión, la desconfianza, la inseguridad en las calles y los caminos que
hace ver en el prójimo al enemigo, al agresor. Existen imágenes terribles y
espantosamente cotidianas de linchamientos y ejecuciones de penas de muerte por
parte de poblaciones enardecidas y a la vez temerosas, que descargan su
impotencia ante un real o supuesto delincuente.
En las postguerras se habla mucho sobre
planes de reconstrucción. Se diseñan proyectos y se ejecutan programas
millonarios con generosa asistencia internacional. Hasta ahora se habrán
invertido unos US 5.000 millones de dólares en programas de reconstrucción
material en Centroamérica, y están por aplicarse otros US 1.000 millones de
dólares en Guatemala.
Pero en los ejemplos cercanos que tenemos en
Nicaragua y El Salvador, encontramos pueblos deprimidos por condiciones
materiales de vida siempre más adversas. En Guatemala tenemos un ejemplo
cercano de asistencia para la zona de Ixcán, una de las más golpeadas por la
guerra, donde se habrá invertido un millón de dólares por kilómetro cuadrado,
para la paz; pero las condiciones que hicieron de aquella una próspera y feliz
región en los años sesenta y setenta, siguen sin regresar.
Hay una dimensión de la reconstrucción que
ha quedado relegada, y ésta es la reconstrucción humana, de las personas y las
comunidades. Esta es una tarea clave de acompañamiento para la reparación
interna, para ayudar al procesamiento de las experiencias traumatizantes, al
entendimiento de la historia reciente, a la recuperación de la dignidad de las
víctimas y también, porque no, de los victimarios, al crecimiento en sabiduría
para el manejo de los conflictos locales e intracomunitarios, en el manejo de
nuestra propia coyuntura, de sus riesgos y oportunidades. La reconstrucción
humana es piedra angular para la recuperación de nuestros pueblos. Y en esto
las iglesias están llamadas a dar una contribución esencial.
Edgar Gutiérrez coordinó el proyecto de
investigación conocido como Recuperación de la Memoria Histórica, REMHI, de la
Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala. Esta ponencia se
ofreció en el seminario "La paz no significa solamente el fin de la guerra
– Diez años de Esquipulas y sus consecuencias para el tiempo presente" en Baviera,
17-19 Octubre 1997.