El Amable Mayor Peirano
Osvaldo
Bayer, abril 1999
La
noticia pegó un puñetazo y puso las cosas en su orden, después de tantos años.
El gobierno alemán acaba de reconocer que el militar argentino conocido como el
“mayor Peirano” actuó durante la dictadura militar en
la embajada de ese país en Buenos Aires como receptor de denuncias de
desaparecidos. Es decir, la misma función que cumplió en el vicariato castrense
el conocido monseñor Grasselli. Se hacía atender a
los desesperados familiares de los desaparecidos, por los lobos. Disimulados
como consejeros, de aire bonachón y palabras de consuelo. Los lobos. Feroces,
cínicos, que pasaban de inmediato los datos a sus superiores.
Me alegra inmensamente que el gobierno alemán de Schröeder,
que tiene como canciller a Joshka Fischer,
del Partido Verde, haya reconocido la verdad, que no es otra cosa que la
inmensa culpa de muchos gobiernos extranjeros de haber colaborado con la
dictadura de los asesinos de uniforme de la Argentina.
Verdad sostenida desde hace veintitrés años por los organismos de derechos
humanos de Alemania y los exiliados argentinos. Ahora se viene a corroborar
todo aquello que sostuvimos y escribimos y denunciamos en aquellos terribles
años. Ha quedado en descubierto para siempre –como decíamos– el hilo de toda
una política tortuosa e inmoral de complicidad disimulada con coartadas.
Se
simuló actuar en favor de los perseguidos pero en sí lo único que importaba era
no hacer peligrar los grandes negocios que se hicieron con la dictadura. Pero
ayer también leímos que el vocero de la Cancillería alemana agregaba: “Para la
embajada alemana en Buenos Aires, durante los difíciles años de la dictadura
militar argentina, su tarea más importante fue preocuparse por el cuerpo y alma
de los alemanes y descendientes de alemanes por encima de cualquier otro
problema”. Aquí se miente en forma cínica.
La
realidad es la siguiente: ni la embajada ni el gobierno alemán lograron salvar
a ningún desaparecido de esa nacionalidad. Bastan dos ejemplos: en el caso de Elizabeth
Käsemann, alemana, y Diana Houston, inglesa, que
fueron detenidas juntas, el gobierno británico exigió la inmediata libertad de
esta última y Diana Houston subía a un avión británico 72 horas después; el
gobierno alemán, en cambio, tardó semanas en interesarse por el caso y envió
tibias cartas. Resultado: Elizabeth fue asesinada.
El caso
Klaus Zieschank: el gobierno francés exigió la
inmediata libertad de la detenida Anita Lorea de Jaroslawsky, quien se
hallaba en la misma celda del campo de concentración donde estaba Klaus Zieschank. La ciudadana francesa salió a la semana,
en cambio, Klaus Zieschank fue arrojado desde un
avión al Río de la Plata y apareció su cuerpo en la costa cercana a Magdalena.
En tomar el caso Zieschank, el gobierno alemán tardó meses, y todo fue muy
débil.
Lo que
sostiene ahora la Cancillería alemana se puede refutar con toda la abundante y
precisa documentación publicada en el libro Derechos humanos y política
exterior (República Federal de Alemania y Argentina - 1976-1983) del abogado de
derechos humanos Tino Thun, Bremen, 1985, jamás
desmentida por el gobierno de Bonn, ni tampoco por
los protagonistas de toda esa falsa política.
El
mayor Peirano es apenas un muñeco sangriento en esta
historia desalmada. Los responsables fueron quienes en aquella época manejaron
la economía argentina, empezando por Martínez de Hoz –que se inició con aquel
famoso decreto de indemnización a Siemens– y los grandes consorcios alemanes
que ganaron las licitaciones del campeonato mundial del ‘78 y los fabricantes
de armas que se hicieron la gran fiesta mientras en los campos de concentración
argentinos se mataba a lo mejor de su juventud.
Lo
denunciamos en aquella época. Como decimos, todo fue registrado y editado con
pruebas irrefutables que servirán ahora para los juicios que coordina la
Coalición contra la Impunidad, de Nuremberg, contra
los represores argentinos que cometieron crímenes contra ciudadanos alemanes.
Todo
llega. Funcionarios de Bonn que en aquel tiempo nos
recibieron en sus salones para escucharnos con cinismo y hacer luego todo lo
contrario de lo que prometieron tendrán ahora que declarar, y ya se deben
sentir muy molestos ahora en que la noticia del reconocimiento de la existencia
del “mayor Peirano” ha llegado a sus casas donde
gozan –casi todos ellos ya– las bendiciones de una jubilación opípara en pago
de los buenos servicios prestados por ver hacer y callarse la boca.
Se
acaba de escribir que el actual gobierno alemán, recién llegado al poder, va a
tener una política distinta con respecto de los derechos humanos porque es
socialdemócrata en su mayoría. Debo decir que también el gobierno del ‘76 al
‘82 fue socialdemócrata. Su primer ministro, Helmut Schmidt, que reemplazó a Willy Brandt en ese cargo. Hace pocos días, Helmut
Schmidt –ya retirado de la política– cumplió ochenta
años de edad. Se le hizo un homenaje. En primera fila estaba sentado su íntimo
amigo, el ex ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos Henry Kissinger, sí, el mismo, el que estuvo complicado en el
golpe de Estado de Pinochet. Uno se pregunta cómo un
demócrata puede ser amigo de un político que se manejó en Latinoamérica con la
CIA y el Pentágono.
Pero,
ojalá que la esperanza no nos traicione. Aquí, en Alemania, los juicios contra
los genocidas se seguirán adelante. No sé si se llegará a la condena, pero por
lo pronto se llegará a la verdad. Los nombres de los asesinos aparecerán en las
primeras páginas de los diarios. Me sobreviene una pena enorme porque algunos
de los familiares de las víctimas de la dictadura ya han fallecido y no podrán
ver ese triunfo.
En el
caso de Elizabeth Käsemann, asesinada por el coronel
Durán Sáenz, del campo de concentración El Vesubio,
se simuló un tiroteo en Monte Grande y se mató a tiros a la joven prisionera.
Elizabeth era hija del más famoso teólogo de Alemania, profesor de la
Universidad de Tübingen, Ernst
Käsemann. El desesperado padre fue a la Argentina a
recuperar el cadáver de su hija y darle cristiana sepultura en Tübingen. Cuando llegó sufrió toda clase de humillaciones
por ser padre de una “guerrillera”. Conversé largamente con él en su casa
después del acto de homenaje en el cementerio de Tübingen
donde hablé de la responsabilidad de mi país en esa muerte. Fue cuando el
profesor Käsemann me dio detalles –que años después
me corroboró cuando hicimos el film Elizabeth, de cómo habían sido los trámites
para obtener el cuerpo sin vida de su tan amada hija. Cuando me lo relató, me
dijo que sentía “ira, vergüenza y duelo” por todo lo que soportó en Buenos Aires.
Me confió que la embajada alemana, para ayudarlo a encontrar los restos de su
hija, lo puso en contacto con un oficial argentino –que es casi seguro haya
sido el “mayor Peirano”– quien para después de
jugarla de amable le señaló que iba a ser posible, pero que eso costaba dinero.
El
profesor Käsemann tuvo que comprar el cuerpo de su
hija por 26.000 dólares y lo entregó a ese “nexo” uniformado. Cuando le propuse
que me permitiera hacer la denuncia pública de tamaña perfidia, me repuso el
teólogo Käsemann: “No, quiero guardar el secreto para
mí porque me avergüenzo de haberme prestado a ese sucio negocio cuando tendría
que haberlo rechazado indignado y haberme conformado con el recuerdo de mi
hermosa hija viva. Además, a Judas no se le reclamó jamás que devolviera sus
dineros”. Me hizo prometer que jamás hablaría de esto. Pero el profesor Käsemann ya ha fallecido y me siento liberado de mi
promesa.
Lo
mínimo que espero es que la autoridad máxima del Ejército, general Balza, se dé por aludido y dé con el “mayor Peirano”. No le resultará difícil. Me gustaría enfrentarlo
a este mayor o menor para preguntarle qué pasó con los 26.000 dólares cobrados
al dolor de un padre. Enfrentarlo, pero no en el programa de Mariano Grondona
donde ya fueron presentados en sociedad asesinos natos como el almirante Massera o el comisario Etchecolatz,
sino aquí, ante jueces neutrales.
Pero,
ya sabemos, se escudarán en las sombras de sus propias cobardías y no saldrán a
la luz. Balza dirá otra vez que no le consta. No
vendrán de motu proprio a
defender eso que ellos llaman honor. Habría para escribir tomos de estas
relaciones pecaminosas. Se me acaba el espacio. Pero no las ganas de seguir con
la denuncia contra los que tienen las manos sucias de sangre y de las monedas
de Judas.