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El
Juicio de la Historia. Espectros del pasado en América Latina
Detlef
Nolte, Instituto
de Estudios Iberoamericanos de Hamburgo
¿Cómo
recordar a las víctimas de las crueldades históricas?
¿Qué papel desempeña la confrontación
con el pasado en la vida política y social? Estas son preguntas
que también nos hemos planteado en Alemania y que muestran
que el caso Pinochet no sólo ocupa a juristas británicos
y españoles. Reflexiones sobre la relación entre la
confrontación con el pasado y la democracia.
La detención del
general Augusto Pinochet en Londres vino a dar una inesperada actualidad
a los crímenes de los regímenes dictatoriales en América
Latina. Desde entonces se multiplican los signos de que el recuerdo
de los crímenes del pasado no sólo le roba el sueño
a los familiares de las víctimas, sino también a los
victimarios, porque la sombra de la cárcel se proyecta
hoy sobre sus figuras de abuelos melancólicos, jubilados
del horror, que esgrimen un gesto de indignada sopresa cuando la
justicia se atreve a desempolvar sus antiguos crímenes
según el comentario en el diario argentino Clarín
en noviembre del año pasado.
Desde una perspectiva
alemana, el viejo ex-dictador fue víctima de sus propias
palabras. Años después de lanzar en el Rotary Club
de Santiago insultos contra la Bundeswehr, las Fuerzas Armadas alemanas,
a las que caracterizó como un ejército de melenudos
y drogadictos, Pinochet tuvo que pasar parte de su involuntaria
estadía en Londres en una clínica para la rehabilitación
de personas con problemas síquicos y de adicción a
las drogas.
Las consecuencias de
la detención del general Pinochet y su no inmunidad en Gran
Bretaña son el punto de partida para algunas reflexiones
sobre la relación entre la confrontación con el pasado
y la democracia.
Desde una perspectiva
histórica ya no importa tanto el desenlace final del juicio
contra Pinochet, debido a que el caso Pinochet dio un empuje enorme
al desarrollo del derecho internacional. Se impulsaron en el área
de la defensa de los derechos humanos y de la persecución
de crímenes contra la humanidad procesos de cambio, los cuales
muy dificilmente serán revertidos.
¿Colonialismo
moral?
Como reacción
a la detención de Pinochet en Londres se escuchó desde
América Latina el reproche de colonialismo moral
y la réplica a los europeos (y especialmente a los españoles)
de que mejor lavaran ellos sus propios trapos sucios. La detención
de ex-dictadores y torturadores fue interpretada como un ataque
frontal a la soberanía nacional. Habría sido deseable
contar con la misma asistencia y el mismo apoyo a las víctimas
de las dictaduras y a los familiares de los asesinados como la que
le prestan hoy algunos gobiernos latinoamericanos a sus ex-dictadores.
Parece que a los gobiernos latinoamericanos les cuesta menos ceder
soberanía en el campo económico en el proceso de globalización
que en del alcance de los derechos humanos. Lo nuevo y lo revolucionario
del proceder de algunos jueces españoles e ingleses consiste
en el hecho hasta ahora insólito, de que se está globalizando
la justicia en nombre de derechos humanos universales y en la persecución
de crímenes, que no se pueden prescribir ni amnistiar, desestimando
fronteras y reservas de soberanía nacional.
Las quejas respecto a
la ofensa a la soberanía nacional presentadas por Chile y
por otros países latinoamericanos desvían la atención
de un hecho indiscutible: la incapacidad o la falta de voluntad
del Poder Judicial en esos países de procesar las violaciones
de los derechos humanos (no cumpliendo de esa manera con la voluntad
mayoritaria de la ciudadanía).
Existe ahora un estandard
doble. Se mete preso al anciano general y se le extiende la alfombra
roja a los responsables del desenlace violento del movimiento democrático
en China. Hay que diferenciar entre lo éticamente deseable
y lo políticamente factible (más adelante se tratará
este aspecto más detalladamente). El caso Pinochet muestra
que la historia puede a veces ser un desarrollo de largo aliento
en el proceso de sancionar a las violaciones a los derechos humanos.
Las restricciones políticas de vez en cuando hacen necesario
un largo camino en la búsqueda de los culpables.
El juicio contra Pinochet
es sin duda un juicio histórico: tanto para el público
interesado en Europa como también en América Latina,
Pinochet siempre fue más que el dictador chileno. El fue
y es en cierto sentido el símbolo y la encarnación
del último período de regímenes autoritarios
en América Latina. Lo es mucho más que su cómplice
argentino Videla, cuyos manos están mucho más manchadas
de sangre. La famosa fotografía que muestra a Pinochet con
gafas oscuras y un rostro feroz tiene buenas posibilidades de entrar
en futuros manuales sobre la historía política de
América Latina en el siglo XX.
Pinochet se enfrenta
a los tribunales como el representante de todos los regímenes
autoritarios de los años 70 y 80; se juzga a todo un ciclo
histórico. Eso explica el grito de indignación de
muchos políticos en América Latina, así como
también las manifestaciones de alegría de muchos latinoamericanos
que han sufrido resignadamente por demasiado tiempo.
Como lo demuestra la
controversia política en Inglaterra, también se ha
impulsado una discusión crítica respecto a la política
de los gobiernos europeos en los tiempos de la dictadura militar
en Chile. Los encuentros - no como figuras simbólicas de
la política neoliberal en el gabinete de Madame Tussaud ,
sino tomando té y galletas - entre el ex-dictador Pinochet
y la baronesa Thatcher son una reminiscencia de ese período
histórico.
La confrontación
del pasado como elemento integral del proceso de democratización
¿Cuál puede
ser el aporte de la confrontación de un pasado caracterizado
por regímenes dictatoriales y violaciones de los derechos
humanos al proceso de consolidación democrática? La
confrontación con el pasado, es decir, el examen de las violaciones
de los derechos humanos durante el régimen dictatorial, es
una parte integral e importante del proceso de transición
democrática. Pero esta confrontación con el pasado
se ve limitada por el contexto político, esto es, por las
relaciones de poder dentro del proceso de transición, las
que son además un indicador de la situación que atraviesa
el proceso de democratización.
Los regímenes
militares no fueron desalojados del poder en los años 80
por obra de levantamientos populares. Pese a todas las protestas
y con excepción del caso argentino, las Fuerzas Armadas volvieron
a sus cuarteles en gran medida intactas. Esto les permitió
dictar las condiciones para su repliegue y el retorno a la democracia.
En la mayoría de los países hubo negociaciones entre
los militares y parte de la oposición democrática
respecto a las modalidades de la transición. Hubo arreglos
conocidos por el público y otros secretos (como en el caso
chileno). El precio del restablecimiento de la democracia fue, por
lo general, renunciar al castigo de los asesinos y torturadores.
Los militares se habían adelantado a dictar leyes de amnistía,
para evitar el juzgamiento por los gobiernos civiles, dando señales
claras que no iban tolerar su revocación.
El precio
del restablecimiento
de la democracia fue,
por lo general, renunciar al castigo de los asesinos y torturadores
La confrontación
con el pasado es un indicador de la solidez del sistema jurídico
y de la independencia de la justicia en los países en cuestión.
Puede afirmarse que los derechos fundamentales están a salvo
de los abusos del poder, si los fiscales públicos y los jueces
pueden juzgar los crímenes contra los derechos humanos, sin
atender las consideraciones ni intereses políticos sobre
la conveniencia de hacerlo. El hecho que Pinochet sea juzgado por
la justicia española documenta las deficiencias de la justicia
chilena, siendo al mismo tiempo un indicador de la calidad actual
de la justicia española - también con un pasado poco
honroso - y de su habilidad de hacer justicia sin ceder a presiones
políticas o retrodecer por consideraciones de oportunidad
política. Eso vale no solamente para el caso Pinochet, sino
también para la sanción penal de actividades terroristas
del gobierno español en su lucha contra la ETA.
La confrontación
con el pasado y sus consecuencias para la política y la sociedad
es como un espejo en el que las comunidades afectadas pueden ver
reflejada su realidad política y moral. La detención
de Pinochet hizo añicos la ilusión de muchos socialistas
y demócratacristianos chilenos de que el período de
transición había concluido y que Chile había
vuelto a ser una república democrática normal.
También arrancó el velo de buena conducta democrática
con que gran parte de la derecha política chilena había
cubierto su faz autoritaria. La derecha mostró que su aceptación
de la democracia no obedecía a una decisión fundada
en principios, sino a una decisión políticamente condicionada.
Para el gobierno chileno
fue muy desagradable que este espejo le fuera colocado desde el
exterior. Eso explica el timbre a veces nacionalista de algunas
declaraciones oficiales. El gobierno se encontró de pronto
desnudo, sin el manto de una transición exitosa, tratando
de explicar a un público europeo asombrado, de qué
manera el regreso de Pinochet aportaría al proceso de consolidación
de la democracia en Chile - tal vez de la misma manera como el perro
pastor cuida el rebaño para que ninguna oveja recorra caminos
prohibidos.
Con sus eternos lamentos
sobre la ofensa a la soberanía nacional ocasionada por la
detención de Pinochet y con sus diligencias para liberar
el ex-dictador por razones humanitarias, el gobierno
chileno corre el riesgo de que los europeos no le tomen más
en serio. Eso vale aún más para la derecha chilena
con sus efervescencias de xenofobia y sus amenazas irracionales
contra España e Inglaterra.
Parece que la vieja vanguardia
de la globalización de signo neoliberal no se ha dado cuenta
de la importancia bastante marginal de Chile en la economía
mundial y para la Unión Europea. Esa actitud de la derecha
chilena muestra un cierto provincialismo, una presunción
desmesurada y una visión distorsionada de la realidad.
El caso chileno enseña
que las causas de las violaciones de los derechos humanos no sólo
deben buscarse superficialmente, a nivel de crímenes y criminales,
sino también en las estructuras profundas de la sociedad.
En última instancia, el dictador chileno fue un producto
de los conflictos sociales en torno a la distribución de
la riqueza social y el poder político. Determinados grupos
sociales y un apreciable número de políticos aún
en actividad se beneficiaron con la dictadura y por tanto no tienen
interés en un examen a fondo del pasado. Mientras no cambie
la distribución del poder social, todo estudio del pasado
tendrá sus límites.
La confrontación
del pasado como proceso histórico
El abordaje del pasado
es siempre producto de un compromiso histórico entre lo moralmente
deseable, lo políticamente factible y lo políticamente
necesario.
- Es moralmente deseable
que se esclarezcan los crímenes contra los derechos humanos,
que se pidan cuentas a los responsables y que se castiguen a los
culpables.
- Se deben enfocar estas
reivindicaciones en un marco político, lo que hace difícil
su realización o le pone límites. Las discusiones
en los procesos de transición democrática giran en
torno a lo políticamente factible al confrontar un pasado
de violaciones de los derechos humanos. Lo políticamente
factible es una mezcla de factores objetivos y de factores subjetivos.
Los actores en el proceso de transición tienen que evaluar,
en base a informaciones incompletas, el potencial de amenaza real
con el que cuentan los responsables de las violaciones de los derechos
humanos, para tomarlo en cuenta en sus decisiones. Es siempre sumamente
difícil juzgar a posteriori si las soluciones puestas en
práctica en el área de los derechos humanos durante
el proceso de transición fueron lo políticamente factible
o si fueron el resultado de una autolimitación de los actores
responsables. Es muy fácil poner en duda el rumbo de la historia;
es mucho más difícil demostrar que habría sido
posible otro rumbo.
- Aunque el abordaje
del pasado está condicionado por restricciones politicas,
este proceso se impone al mismo tiempo como una necesidad política.
Hay que confrontar el pasado con el fin de repeler amenazas actuales
o potenciales para la democracia, amenazas que son resultado de
un pasado reprimido. El abordaje de los crímenes contra los
derechos humanos es además una condición básica
e indispensable para una convivencia democrática y civilizada.
Desde una perspectiva
estratégíca podría ser conveniente tomar en
cuenta la relación de fuerzas y las posibilidades de éxito
antes de tomar una decisión política en cuestiones
con un alto contenido ético, actuando con las pautas de una
ética de responsabilidad (Verantwortungsethik) según
el concepto de Max Weber. Pero hay que ponerles nombre a las restricciones
y necesidades del proceso de transición y recordarlas como
tales para no idearlizarlas después como un compromiso ejemplar
entre una oposición democrática madura y algunos representantes
purificados del regímen autoritario. Esto fue hasta hace
poco la historia oficial de la transición chilena.
Toda confrontación
con el pasado asume el carácter histórico-temporal;
esto significa que la confrontación con el pasado (lo mismo
que su aporte a la democratización) no es un proceso cerrado,
sino un proceso que, atento a las exigencias políticas y
a la constelación de fuerzas políticas, puede y debe
replantearse de continuo. Las fórmulas de avenencia, válidas
en determinadas circunstancias históricas, están en
el banco de pruebas de la historia.
Hay que reevaluar cada
cierto tiempo los caminos transitados en sus aspectos positivos
o negativos para cambiar el rumbo si es necesario. Soluciones que
en cierta coyuntura histórica fueron las más adecuadas
podrían revelar con el transcurso del tiempo sus costos escondidos.
Si hubo un cambio en la constelación de fuerzas políticas
¿por qué no enfocar nuevamente el tema de las violaciones
a los derechos humanos? Tal cambio podría facilitar - siempre
respetando los principios de un estado de derecho - la reanudación
de juicios (o la instrucción de nuevos juicios) por las violaciones
de los derechos humanos. Un ejemplo son los juicios contra ex-militares
argentinos por el robo de niños. Por ese crimen no fueron
condenados ní amnistados.
La confrontación
del pasado y la actualidad política
Todo conflicto que tiene
que ver con el abordaje del pasado es un conflicto sobre valores
y su vigencia en el presente. En el fondo se trata de lograr y conservar
un consenso básico sobre la interpretación de experiencias
históricas traumáticas en la historia de los países.
Tal consenso es de suma importancia porque no es solamente un consenso
sobre la interpretación de eventos históricos, sino
un consenso sobre los valores en los cuales se basa tal interpretación.
Se decide sobre la vigencia y aceptación que hoy en día
tienen esos valores para la mayoría de la ciudadanía
y actores políticos de peso (p.ej. las Fuerzas Armadas).
Si importantes actores sociales y políticos se niegan a aceptar
sin vacilaciones que la tortura y el asesinato de opositores por
encargo del Estado son crímenes detestables, entonces no
existe en tal sociedad un consenso básico sobre los valores
que forman la base para una conviviencia pacifíca y una cultura
jurídica compartida por todos.
Por esa razón
el abordaje de las violaciones a los derechos humanos en el pasado
tienen implicaciones para el presente y el futuro de una comunidad
democrática. El abordaje del pasado es parte del presente.
Precisamente por eso hay que rechazar la demanda de dejar atrás
el pasado que divide y concentrasrse en el futuro. Tal demanda,
planteada muchas veces aquí y en América Latina, es
peligrosa para la democracia.
El proceso de confrontación
con el pasado no cesará en tanto los crímenes del
pasado ensombrezcan la convivencia democrática en el presente
¿Cuando terminará
el proceso de abordar el pasado, y cuando habrá que enfrentarlo
de nuevo? El proceso de confrontación con el pasado no cesará
en tanto los crímenes del pasado ensombrezcan la convivencia
democrática en el presente. Las actividades perniciosas de
bandas neonazis en Alemania o los privilegios de los beneficiarios
del régimen militar en Chile (o en otros países de
América Latina) fundamentan las necesidades de abordar el
pasado. Por eso el reproche a la justicia española, que muchas
veces fue articulado en la discusión sobre el caso Pinochet,
que los jueces españoles no habían confrontado los
crímenes del regimen franquista, solamente es correcto en
su dimensión histórica. En la discusión actual
no tiene importancia, porque las repercusiones del régimen
franquista no ponen en peligro la democracia española. En
cambio las herencias autoritarias de la dictadura de Pinochet son
todavía una traba para la democracia chilena.
Un balance preliminar
de la confrontación del pasado en América Latina
¿Significó
el abordaje del pasado en América Latina un avance en el
proceso de democratización? La pregunta debe en principio
responderse afirmativamente. Pero este aporte ha sido insuficiente;
lo mismo cabe decir del proceso de consolidación, que avanzó
de modo desigual de país en país. Aun así,
cada paso, aun el más modesto, que contribuya al juzgamiento
de los crímenes cometidos durante las dictaduras militares
es un avance frente al status quo y da impulso al proceso de democratización.
El abordaje del pasado
tiene tres componentes: jurídico, político y social.
En cuanto al primero, en la mayoría de los países
latinoamericanos donde hubo masivas violaciones de los derechos
humanos se registró escaso progreso, especialmente en lo
que respecta a la cadena superior de mandos. Por regla general,
la justicia vio trabado su accionar por las leyes de amnistía
dictadas bajo los regímenes autoritarios. Pero hubo excepciones.
Los miembros de la junta militar argentina fueron condenados y mandados
a prisión al menos por unos años. El ex jefe del servicio
secreto chileno, Contreras, tampoco se salvó de una pena
de prisión, aunque de poco monto en comparación con
los delitos perpetrados. El ex-dictador boliviano y narco-general
García Meza va a pasar su vejez en la cárcel.
Estos fallos, limitados
en su número, asumen un carácter simbólico.
Además, en muchos países latinoamericanos, aunque
no en todos (p. ej. Perú), se observa que las violaciones
de los derechos humanos por motivos políticos hoy en día
son perseguidas con más firmeza que antes, sin olvidar a
los jueces que se atreven a examinar casos del pasado. Dicho de
una manera gráfica: han sido sacadas las primeras piedras
del muro de impunidad detrás del cual se habían escudado
las fuerzas armadas latinoamericanas. Y paralelamente comienza a
levantarse otro muro, para la salvaguarda de los derechos humanos.
Sobre el particular,
cabe citar el fortalecimiento y la mayor independencia de la justicia,
que se va afianzando en todo el continente, pese a todas las resistencias.
Los encargados de derechos humanos o defensores del pueblo de muchos
países han ejercido en su mayoría una influencia positiva.
A lo que deben sumarse las tendencias favorables a una expansión
del sistema interamericano para la protección de los derechos
humanos. No es casualidad que el régimen semidemocrático
de Perú se niegue a aceptar la jurisprudencia interamericana.
En los planos político
y social, la confrontación con el pasado ha tenido suerte
diversa, como lo demuestra el caso chileno. Sigue habiendo países
cuyas fuerzas de seguridad, incluida la policía, no están
bajo un control suficiente de los gobiernos legitimados democráticamente.
En muchos lados, sigue habiendo funcionarios con las manos manchadas
de sangre.
Todavía no se
sabe qué hacer con las víctimas y cómo recordar
el pasado. Es cierto que se levantaron algunos monumentos, pero
al mismo tiempo se busca eliminar todo rastro del horror. Al respecto
deben mencionarse los planes del gobierno menemista en Argentina
de demoler el edificio de la ESMA. Se echan de menos los aniversarios
oficiales recordatorios de las víctimas y de los crímenes
cometidos. También en los textos escolares y en los curricula
de muchos países latinoamericanos se trata de una manera
deficiente los temas que se refieren a las dictaduras y a las violaciones
de los derechos humanos. Todo esto es un indicador de las relaciones
de poder políticas y sociales actuales.
Función e importancia
de las Comisiones de la Verdad
La tensión existente
entre lo éticamente deseable, lo políticamente posible
y lo políticamente necesario ha tenido concreta expresión
en las llamadas Comisiones de la Verdad y la Reconciliación.
Ello vale especialmente para Chile, El Salvador y Guatemala (y en
cierto grado para la CONADEP argentina). En estas comisiones, se
superponían las funciones jurídicas, políticas
y sociales.
Las Comisiones de la
Verdad constituyen una suerte de compromiso entre lo que los responsables
están dispuestos a tolerar y las exigencias mínimas
de las víctimas. Aun así, la palabra compromiso
se presta a confusión, porque el compromiso es, para las
víctimas, una solución a medias, basada en la imposibilidad
de llevar ante la justicia a los responsables de los crímenes,
debido a las relaciones de poder políticas. No es un compromiso
hecho de buen grado, menos aun por las víctimas. Es un compromiso
desigual entre víctimas y victimarios, que exige mucho más
de las primeras que de los segundos.
Estas comisiones, formadas
por personalidades y expertos nacionales y, en ocasiones, internacionales,
fueron creadas por los gobiernos con la misión de investigar
y documentar de la forma más exhaustiva y ejemplar posible
las peores violaciones de los derechos humanos durante las dictaduras.
Los nombres de los responsables no fueron generalmente mencionados;
tampoco fueron juzgados.
¿Qué función
cumplieron las Comisiones de la Verdad?
En lo tocante a los crímenes
cometidos durante las dictaduras militares, estas comisiones sirvieron
sólo en parte al esclarecimiento de la verdad. Una verdad
que, en muchos casos, ya era conocida y estaba documentada. Lo que
más bien se pretendía era una verdad oficial, esto
es, reconocida por el lado estatal, que las sociedades conocieran
la verdad sobre las masivas y horrendas violaciones de los derechos
humanos.
Se quería poner
en marcha un proceso de esclarecimiento y purificación colectivo,
que la verdad quedara documentada históricamente, de modo
de impedir cualquier exaltación del régimen militar
(y de sus crímenes). El dolor generado por el poder del Estado
obtuvo un reconocimiento social y político a través
de los informes de las Comisiones de la Verdad. Eso fue un factor
importante en el proceso de rehabilitación terapeútica
y de reintegración social de las victimas.
No es posible una reconciliación
Las Comisiones de la
Verdad no contribuyeron a la reconciliación. Lo cual no debe
sorprender, como tampoco parece posible una reconciliación
colectiva en torno a los crímenes contra los derechos humanos.
Lo que sí es posible son actos de arrepentimiento personal,
lo mismo que perdón individual de las víctimas. Esta
faceta personal de la reconciliación es ignorada por muchos
políticos latinoamericanos, que están convencidos
de haber hecho su aporte a la reconciliación y se quejan
cuando las víctimas o sus familiares disienten con su postura.
Mientras los victimarios no se arrepientan sinceramente y hagan
su aporte al examen del pasado, no se puede prohibir a las víctimas
que pidan cuentas a los responsables, más allá de
las apelaciones a la reconciliación por parte del Estado
u otras fuentes.
Una sociedad no puede
reconciliarse sobre la base de los crímenes que aquí
se discuten. Han sido crímenes demasiado horrendos; sus responsables,
en su mayoría no se muestran arrepentidos y subsisten además
las estructuras sociales y políticas que hicieron posible
las violaciones de los derechos humanos. Lo que sí puede
hacer una sociedad es analizar las causas de estos crímenes,
con el fin de eliminarlas. Ello presupone la condena moral de los
crímenes y de sus autores, en la medida en que éstos
no cambien de posición.
Es posible que, en determinadas
circunstancias, una sociedad prescinda del castigo de los torturadores
y asesinos en uniforme, en aras de un objetivo superior; pero esta
misma sociedad no puede renunciar a la condena moral de los crímenes
(y de sus responsables). Por eso, hay que distinguir muy bien entre
la amnistía o indulto de los crímenes contra los derechos
humanos, que en determinadas situaciones puede contribuir al proceso
de pacificación, y la absolución moral. Para muchos
apologistas de la amnistía, sobre todo del lado de los culpables,
reconciliación política es igual a amnesia social.
Para ellos, el abordaje del pasado debe ser sólo para echar
al olvido, colectiva y forzosamente, los crímenes y los nombres
de quienes los perpetraron.
No es posible la reconciliación
en torno a las violaciones de los derechos humanos. De lo que se
trata es de alcanzar un modus vivendi que permita una convivencia
sin conflicto entre los responsables y sus víctimas (o sus
familiares). Ello obliga a poner ciertos límites a los responsables,
por ejemplo, la prohibición de ocupar cargos públicos
o de exaltar públicamente los crímenes, y a otorgar
determinadas compensaciones materiales y simbólicas a las
víctimas y sus familiares. No es lo mismo que una reconciliación,
pero es un aporte a la consolidación de la democracia.
Las heridas que las violaciones
de los derechos humanos infligieron a estas sociedades no se borrarán,
sólo pueden disimularse en el mejor de los casos. Muchas
heridas volverán a abrirse, en tanto el pasado siga echando
su sombra sobre el presente. (Fin)
Nota de los editores:
Esta es una versión
revisada y traducida de un artículo publicado en la revista
alemana Nord-Süd aktuell.
El profesor Detlef Nolte
es subdirector del Instituto de Estudios Iberoamericanos de Hamburgo,
Alemania. Su dirección de correo electrónico es:
Detlef_Nolte@public.uni-hamburg.de
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