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Por
una justicia internacional justa
Rainer
Huhle
(Nuremberg,
Agosto del 2000)
Grandes han sido los
avances, durante los últimos años, en el camino hacia
un sistema universal de justicia frente a los graves crímenes
contra los derechos humanos. En Roma se decidió, con una
mayoría impresionante de los gobiernos representados, la
instauración de una Corte Penal Internacional. Para el año
en curso se espera un buen número de ratificaciones. Con
Italia y Francia, al cierre de redacción, dos países
grandes de la Unión Europea habían ratificado el Estatuto
de Roma. Francia es además el primer miembro permanente del
Consejo de Seguridad que de tal manera se somete a la autoridad
de la Corte Penal Internacional.
En el caso de la Corte
Penal Internacional de la Ex-Yugoslavia, se vio que sus investigaciones
de los crímenes cometidos en las guerras en Bosnia y Croacia
no dejaron de dar resultados, si bien talvez a un ritmo menos veloz
de lo esperado.
En el otro escenario
de la justicia internacional, la aplicación de los principios
del derecho universal, también se observaron avances importantes.
La detención del general Pinochet en Londres y la decisión
de los jueces británicos de que, por lo menos en algunos
casos, el ex-general debe ser juzgado por una corte de España,
abrió un importante nuevo capítulo del derecho internacional.
La maniobra política del gobierno británico que finalmente
impidió la extradicción del verdugo de los chilenos,
no puede ocultar que el panorama para los dictadores del mundo ha
cambiado. Y sin duda, de manera
indirecta pero eficaz,
ha contribuído a cambiar la relación de fuerzas en
Chile. Sin su aventura en Londres, el ex-dictador nunca habría
sido despojado en Chile de su pretendida inmunidad, como ocurrió
en los días que precedieron al cierre de edición de
memoria.
Estos logros son conquistas
importantes para el derecho de los derechos humanos. Sin embargo,
no deben desviar la atención de algunos acontecimientos que
son motivo de preocupación y pueden echar dudas sobre la
voluntad de algunos gobiernos, y no disminuir el rigor con que las
mismas instituciones veladoras de los derechos humanos quieren despechar
el camino hacia un orden universal e imparcial del derecho internacional.
En el caso de la Corte
Penal Internacional, nos preocupa no sólo que hasta el momento
no más de doce países hayan ratificado el tratado
de Roma. Las conversaciones en el seno del comité preparatorio
que debe redactar las reglas de procedimiento para el buen funcionamiento
de la Corte han puesto en evidencia que la actitud de los pocos
gobiernos que no aprobaron el estatuto de la Corte en la forma tal
como quedaba en Roma, no ha cambiado.
Mención especial
merece la posición del gobierno de Estados Unidos, el cual
parece buscar ahora en las reglas de procedimiento lo que no pudo
conseguir en las sesiones de Roma para el estatuto mismo.
Paralelamente se nota
una serie de intentos de presionar a otros gobiernos a asumir la
posición de Estados Unidos. Esta posición busca impedir,
de cualquier manera, que la Corte pueda ejercer su jurisdicción
sobre ciudadanos de un país que no haya suscrito formalmente
su sumisión bajo la competencia de la Corte. Si esto por
sí ya es preocupante, porque disminuye considerablemente
el alcance de la futura Corte, es peor la expectativa que la actitud
del gobierno de Estados Unidos crea hacia el proceso de ratificación.
La posición norteamericana se entiende como un condicionamiento
de la jurisdicción de la Corte a la voluntad de un gobierno
nacional, el más poderoso del mundo además, lo que
desde su inicio le quitaría a la Corte la autoridad moral
tan necesaria para que sea reconocida en todo el mundo como último
recurso de justicia impecable.
Si el principio de la
igualdad ante la ley no es rigurosamente respetado en la construcción
de la Corte, le faltará desde el comienzo la autoridad que
ningún medio de coerción después le podrá
restituir.
El Centro de Derechos
Humanos de Nuremberg se une al coro de voces de todo el mundo, incluso
desde Estados Unidos, que clama porque todos los gobiernos ratifiquen
el estatuto de la Corte a la brevedad posible y dejen de minar los
esfuerzos de una gran mayoría de gobiernos para poner en
marcha ya pronto esta Corte tan deseada por las víctimas
de violaciones de derechos humanos en todo el mundo. Recordamos
las palabras que el fiscal norteamericano Robert M. Jackson, en
representación de su gobierno, pronunció al inicio
del Tribunal Militar Internacional en Nuremberg contra los criminales
del gobierno nazi:
"Nunca debemos olvidar
que nosotros seremos juzgados por la historia con la misma medida
con que juzgamos a los acusados de hoy. Brindarles un cálice
envenenado a estos acusados significaría brindarlo a nosotros
mismos. Tenemos que dedicarnos a esta tarea del juicio con tal soberanía
e incorruptibilidad mental que este Tribunal aparecerá a
las generaciones posteriores como el cumplimiento del anhelo humano
por la justicia." El fiscal Jackson, en su momento, cumplió
con su palabra. Esperamos ahora que el gobierno que él representó
y los demás gobiernos del mundo no queden atrás de
estas promesas hechas hace más de medio siglo.
El problema de una sola
medida para todos los actores se ha planteado también en
el Tribunal para la ex-Yugoslavia. La fiscalía de esta Corte,
que tiene competencia, sin límite temporal, para todo el
territorio de la antigua Yugoslavia, tuvo que examinar si los ataques
aéreos de la Organización del Tratado del Atlantico
Norte, OTAN, en la guerra del Kosovo eran calificables como infracciones
al derecho internacional humanitario. Human Rights Watch y Amnistía
Internacional habían presentado amplia documentación
de los bombardeos, sus efectos y sus motivos. El informe de la fiscalía
que llegó a recomendar no abrir una investigación
formal, expresó dudas acerca de algunos de los ataques que
tuvieron como consecuencia víctimas civiles. El mismo tenor
del documento, redactado con suma prudencia y el visible esfuerzo
de atenerse estrictamente a la letra de las convenciones de Ginebra,
transmite la impresión de que la conclusión de no
abrir investigación no era la única posible. Las razones
proferidas para la decisión se resumen en que "o la
norma no es lo suficientemente clara, o las investigaciones tienen
pocas probabilidades de producir evidencia suficiente para substanciar
una acusacion..." Si esta es la absolución, por cierto
no es de primera clase. Especialmente el argumento de que existen
pocas posibilidades de conseguir las evidencias es poco convincente
cuando el mismo informe constata que cuando se inquirió a
la OTAN sobre determinadas acciones militares específicas,
la respuesta "fue dada en términos genéricos
y no en relación con el incidente específico."
A pesar de esto, el informe de la fiscalía "ha tendido
a asumir que las declaraciones a la prensa de la OTAN y sus miembros
son generalmente fieles y las explicaciones fueron hechas con honestidad."
¿No sería esta falta de información precisa,
cuando se trata de decidir por ejemplo si un objetivo era legítimo
en términos del derecho internacional, motivo para sí
abrir una investigación exhaustiva en vez de resignarse ante
la poca posibilidad de conseguir esta información y afirmar
la buena voluntad del investigado?
Parece ser que la Corte
de La Haya ha perdido una gran oportunidad de probar su independencia
de los grandes poderes que tienen la voz cantante tanto en la OTAN
como en el Consejo de Seguridad de la ONU.
En el hemisferio americano
se agrega otro hecho que pone en tela de juicio la eficacia y autonomía
de los mecanismos de protección de los derechos humanos.
En señal de protesta contra una decisión de la Corte
Interamericana, el gobierno del Perú suspendió su
reconocimiento de la jurisdicción de la Corte. Si bien la
misma Corte, apoyada por la CIDH, declaró insubsistente esta
medida del gobierno peruano, se requiere una postura enérgica
de la Organización de Estados Americanos, OEA, en apoyo de
su" Corte. La actitud del gobierno de Fujimori, mientras
quede impune, se convierte en un precedente peligroso que tiende
a debilitar y deslegitimar el sistema internacional de protección
de los derechos humanos. En momentos de redactar este editorial
subsistía además el peligro de que la falta de apoyo
de sus propios instrumentos se repitiera en la OEA en el caso de
su misión de observación de los comicios peruanos.
Pese a las críticas profundas que la misión profirió
y que la motivaron a terminar su tarea antes de la segunda vuelta
de las elecciones, la OEA no optó por medidas más
fuertes que el envío de una misión de alto nivel al
país.
Tres ejemplos que nos
grafican la debilidad que padece todavía el sistema internacional
de protección de los derechos humanos en general, y los límites
de la independencia y eficacia de un sistema de justicia internacional
en particular. En el campo de los derechos humanos no hay conquistas
definitivas. Los logros que indiscutiblemente se han conseguido,
hay que defenderlos.
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