Memoria
y Reconciliación: Debates y desafíos en el caso
vasco
Carlos
Martín Beristain, febrero 2006
-¿Para qué tocar las heridas?
Alguien le responde:
-Para qué va a ser, para curarlas.
Y la mujer añade:
-¿pero quién se atreve? [1]
Esta reflexión parte de la experiencia de trabajo en diferentes
países que han tenido que enfrentar las consecuencias de
la violencia política y de algunas experiencias de acompañamiento
a las víctimas y de apertura de debates sociales llevados
a cabo en el País Vasco. También de una convicción,
de que nada puede reemplazar a los familiares muertos o reparar
el dolor de las víctimas. En esencia, quienes trabajamos
con sobrevivientes de la violencia política sabemos que
nos enfrentamos con un problema intratable. Pero una sociedad
fracturada por un conflicto violento debe enfrentar las consecuencias
de esa violencia, apoyar a las víctimas y sobrevivientes,
y reconstruir las relaciones sociales [2].
En
los últimos años la situación en el País
Vasco se ha visto condicionada por el fin de la tregua de ETA,
y el cambio en el clima social que eso supuso, un impacto de la
violencia en el tejido social, el debate sobre la atención
a las necesidades de las víctimas y un aumento de la polarización
social respecto a las posiciones nacionalistas o constitucionalistas
. Estos debates han estado marcados por la lucha entre partidos
políticos por consolidar su situación o forzar nuevos
escenarios, cuando se daba una extensión de las amenazas
y un empeoramiento del clima social y político. Mientras,
se produjo un estancamiento y frustración de las expectativas
de distensión y cambio suscitadas.
Sin
embargo, la situación ha cambiado en los últimos
dos años, debido a un conjunto de factores, como el quiebre
de la polarización debido a los cambios políticos,
el cansancio y la convicción social de la necesidad de
buscar salidas, la ausencia de atentados mortales de ETA así
como el intento de la izquierda abertzale de tener un mayor protagonismo
en la búsqueda de salidas aún en medio de la ilegalización
y el cierre de su espacio de participación política.
¿Qué
podemos aprender?
Todos
los procesos son diferentes, y no se trata de establecer paralelismos
entre países y situaciones. Pero en toda situación
de violencia que haya producido un número considerable
de víctimas y un grave impacto en el tejido social son
aspectos básicos la necesidad de enfrentar el sufrimiento
y cortar la espiral de violencia; la investigación y el
reconocimiento del daño y la atención a sobrevivientes
y familiares; abordar la justicia y (re)conciliación; y
la creación de nuevos consensos sociales.
El
caso vasco tiene numerosas diferencias con otros, como los distintos
periodos en los que se ha mantenido la violencia (dictadura, transición,
monarquía parlamentaria), la degradación y extensión
de la violencia hacia grupos políticos y sociales, y la
existencia de un conflicto en relación a la cuestión
nacional, entre otras. Sin embargo, muchos países que han
buscado sus propias salidas, comenzaron antes a discutir y compartir
experiencias. La mayor parte de esas experiencias nacieron en
un clima de distensión y finalización de la violencia,
pero no han estado exentas de dificultades para lograr nuevos
consensos sociales y una prevención basada en el respeto
a los derechos humanos.
Memorias
incluyentes
Un
primer problema para poder abordar estos procesos es la dificultad
de reconocerlos y hablar de ellos. Por una parte la dificultad
de expresar y compartir el dolor, por otra considerarlo una consecuencia
frente a la que no cabe otra alternativa que la adaptación.
Esto no sólo es un problema que mira hacia las víctimas
y sobrevivientes. También afecta a la memoria colectiva.
Los grupos enfrentados construyen memorias más cohesionadas
y excluyentes: se reivindica el propio dolor, pero se obvia o
se desprecia el ajeno. Y parte de la solución tiene que
ver con lo que en Sudáfrica hacía Desmond Tutú,
el obispo anglicano y premio Nóbel de la paz presidente
de la Comisión de Verdad y Reconciliación: la igualación
moral del sufrimiento. Es decir, el respeto al dolor de todos
los otros, era acogido y sancionado moralmente, mostrando una
empatía compartida hacia todas las víctimas y sus
familiares. Eso no significa sin embargo la igualación
de los procesos políticos, las causas o los perpetradores,
ni decir que todo es entonces igual.
En
diferentes países la tarea de investigar se encargó
a una comisión de la verdad, instancia con fuerte legitimidad
moral y trabajo de investigación en derechos humanos, cuyos
resultados constituyen un esfuerzo de construir esa memoria incluyente.
En el caso vasco la creación de una comisión de
verdad estuvo en la agenda política del PSE antes de 1998
y fue planteada inicialmente por una organización de víctimas
del País Vasco, aunque después rechazaron la idea,
pero no se ha dado un debate amplio y sereno sobre el tema de
la verdad o la consideración global del impacto de la violencia.
Probablemente algún tipo de trabajo en ese sentido sea
necesario en el futuro.
Reconocimiento
y ruptura del aislamiento
Muchas
víctimas sienten como un agravio que sus perpetradores
no hayan reconocido el daño ni haya un rechazo a la violencia.
Este reconocimiento tendrá que darse en algún momento
del proceso, pero por lo que sabemos de otros países no
puede ser una precondición. Un paso factible sería
el reconocimiento por parte de dirigentes de la izquierda abertzale
del dolor infligido y un desmarque de la violencia, e igualmente
por parte del Estado o los partidos que apoyaron las acciones
de guerra sucia o que no han investigado ni prevenido la tortura
en distintos momentos.
Este
desafío también teje a las relaciones vecinales
o locales. Hace un año, tuvimos un encuentro sobre este
tema con un grupo de comunidades cristianas. Una persona compartió
su experiencia. En su pueblo, él no se solidarizaba con
el concejal del PP que vivía encima suyo, aunque estaba
totalmente en contra de que estuviera amenazado, porque pensaba
que le iba a decir que tenía que estar de acuerdo políticamente
con él y le había dicho anteriormente que los nacionalistas
eran cómplices. Cuando pasaba delante de la pancarta de
Senideak en la plaza de su pueblo tampoco se acercaba a la mujer
que tenía una tienda debajo de su casa, con un hijo en
la cárcel en régimen de primer grado hace quince
años a más de mil kilómetros, porque aunque
esta totalmente en contra de eso, no estaba de acuerdo políticamente
con la izquierda abertzale. Es un ejemplo de cómo las fronteras
tejen lo local y las relaciones sociales, y de cómo se
necesita cuidar esos procesos con delicadeza y compromiso.
Lenguaje
y experiencia
En
el caso del País Vasco, además se ha dado un problema
creciente de lenguaje sometido a esa polarización que bloquea
muchos debates. La polarización social arrastra una percepción
estereotipada entre los grupos rivales que, a su vez, endurece
la misma polarización y dificulta la búsqueda de
soluciones. Las preguntas tipificantes ¿de quién
es?, ¿es de nosotros o de ellos?, sustituyen a las de contenido
(¿qué dice?) y la evaluación de las propuestas
queda subordinada a la pertenencia grupal.
Por
ejemplo, hablar de violencia política es visto por algunos
como un intento de legitimar a ETA, por otros como un reconocimiento
político a sus atentados. Para unos hay que hablar del
terrorismo de ETA, para otros así se esconde lo que ha
sido el terrorismo de Estado. Cada vez más la situación
de violencia está mediada por representaciones sociales
que impiden acercarse a cualquier intento siquiera de plantear
el problema.
Ya
sea en el ámbito más privado o público, sólo
se habla ante personas o grupos de más confianza y que
muestran una mayor cohesión. Ese es el último eslabón
que impide ejercer la esperanza que plantea John Berger [3]:
La promesa es que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo, a
la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía
a gritos .
Violencia
y polarización social
Aunque
es evidente que no cabe en los números, si tomamos como
referencia finales de los 60, como se ha tomado en cuenta para
la Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo,
según los datos oficiales se han producido más de
800 muertos por la acción de ETA y otros grupos, y todavía
después del fin de la tregua de 1998, ETA ha matado a más
de 40 personas; la extensión de las amenazas hacia periodistas
o cientos de representantes políticos que condicionan la
vida cotidiana y sus libertades; cerca de 150 muertos por la acción
policial o parapolicial fuera de enfrentamientos, hasta el final
de la década de los 80; la kale borroka supone también
graves amenazas o atentados contra cientos de personas; el impacto
de los malos tratos y la tortura que Amnistía Internacional
calcula en 4600 personas desde los años 60; las condiciones
de detención en aislamiento durante años para centenares
de presos y sus familias; o la problemática del exilio
de la que existen pocos datos.
Todos
estos problemas y tragedias no son lo mismo ni tienen el mismo
significado, pero son cuestiones que hay que abordar, aunque sea
en momentos y espacios diferentes. La polarización corre
el riesgo de generar consensos mutuamente excluyentes en los que
las nuevas víctimas son la verdad, la ética, la
participación política y el respeto a los derechos
humanos. Valores todos ellos que necesitamos para abrir cualquier
proceso en el futuro.
¿Es
posible la (re)conciliación?
Sabemos
que las sociedades no se (re)concilian como pueden hacerlo las
personas, pero se necesitan gestos públicos y creíbles
que ayuden a dignificar a las víctimas, enterrar a los
muertos y superar la violencia. Para hacer ese camino se necesita
acabar con la violencia y contar con la voluntad política
por parte de gobiernos y autoridades. Pero también de la
fuerza y coherencia necesarias para superar estereotipos y actitudes
excluyentes entre distintos grupos sociales o fuerzas políticas.
Sin un cambio de cultura política no sólo disminuyen
las posibilidades de unir fuerzas que provoquen cambios sociales,
sino que se corre el riesgo de nuevos procesos de confrontación
y división que pueden afectar seriamente al tejido social.
La
sociedad vasca ha mostrado durante muchos años un grado
elevado de cohesión y convivencia, a pesar de las diferencias
políticas o sociales. Pero a pesar de ello, el impacto
de la polarización ha sido creciente con la estrategia
de socialización del sufrimiento , la extensión
de algunos enfrentamientos en la calle o instituciones locales
(manifestaciones, mociones en ayuntamientos, etc.), los asesinatos
de representantes políticos locales o el impacto de la
kale borroka , y el inmovilismo político y la insensibilidad
frente a las demandas sociales, por otro lado. Esta afectación
del tejido social es un riesgo muy importante, pero también
moviliza recursos para romper estereotipos y contribuir a la despolarización
social, como han mostrado experiencias recientes.
La
reconstrucción de las relaciones en una sociedad enfrentada,
y que ha vivido graves fracturas sociales o políticas,
no excluye el conflicto. En muchos lugares, tras la finalización
de un conflicto violento los conflictos del pasado no han desaparecido.
Sencillamente, han tomado una nueva forma. En algunos casos, el
conflicto afecta a casi exactamente los mismos temas que en el
pasado, como la propiedad de la tierra, la marginación
de amplias capas de la población o la cuestión nacional.
Lo que cambia es la forma en que las partes persiguen sus objetivos
incompatibles. En palabras de Ignatieff[4],
reconciliarse significa romper la espiral de la venganza intergeneracional,
sustituir la viciosa espiral descendente de la violencia por la
virtuosa espiral ascendente del respeto mutuo. La reconciliación
puede romper el círculo de la venganza a condición
de que se respeten los muertos. Negarlos es convertirlos en una
pesadilla. Sin apología, sin reconocimiento de los hechos,
el pasado nunca vuelve a su puesto y los fantasmas acechan desde
las almenas .
El
impacto de la violencia no puede seguir considerándose
una consecuencia más a la que es necesario acostumbrarse,
ni la experiencia de las víctimas puede ser una materia
para justificar la polarización, mirar hacia otro lado
o utilizar políticamente el sufrimiento.
Medidas
de apoyo y distensión
Las
medidas de apoyo a las víctimas incluyen compensaciones
económicas y educativas, programas de atención psicológica,
conmemoraciones y monumentos, etc.[5]
algunas de las cuales se han puesto en marcha hace ya unos años.
Como parte de la salida, en los próximos tiempos se necesita
ampliar su cobertura, ofrecer nuevos servicios y contar con nuevas
iniciativas que marquen el camino hacia el futuro. Pero la primera
medida de reparación es poder vivir sin miedo .
También
se necesitan medidas de humanización del conflicto, especialmente
respecto a las condiciones de detención, situación
de las cárceles y de los familiares. Hace un año
participé con otras personas de Euskadi en un encuentro
realizado en el Parlamento de Catalunya y acordado por todos los
grupos políticos, sobre las experiencias del trabajo y
participación de los presos en el proceso de Irlanda del
Norte y en Euskadi. Allí fuimos testigos de cómo
un exdirector de Institituciones Penitenciarias dijo públicamente
que en las cárceles españolas siempre había
unos 600 presos acusados o condenados por ser o colaborar con
ETA porque a sus abogados les interesa que haya siempre un número
importante de presos para aumentar la presión social, reconociendo
que, en algunos casos, hay gente en la cárcel que no debería
estar porque dejó su casa a un amigo que resultó
ser miembro de ETA y fue acusado de colaboración, y que
no deberían estar ahí. Esta lógica es parte
de lo que hay que cambiar.
El
reconocimiento de los hechos por los autores así como las
acciones que ayuden a asumir la verdad como parte de la conciencia
moral de la sociedad vasca y española, son parte de la
reparación de la dignidad de las víctimas y la mejora
de la vida de los sobrevivientes.
Los
programas de atención psicosocial abordan temas en los
que no sirven las respuestas simples. Quienes trabajamos con los
sobrevivientes nos quedamos muchas veces en una situación
de desnudez. Es una desnudez en una pequeña parte común
a la de la víctima. Tyte Mugrefia, un psicoterapeuta ruandés,
dice, en su trabajo con las víctimas del genocidio, que
no podemos dar una respuesta, pero hay que estar dispuesto a compartir,
a hacer una parte del camino con ella. Acompañar, mostrar
solidaridad, aprender, es una experiencia que se necesita para
cualquier proceso de emancipación.
Hace
tiempo que están sucediendo en Euskadi cosas que hemos
visto también en otros conflictos. Para Hannah Arendt [6]
hay tiempos históricos, raros periodos intermedios, en
los que el tiempo está determinado tanto por cosas que
ya no son como por cosas que todavía no son. En la historia
estos intervalos han demostrado en más de una ocasión
que pueden contener el momento de la verdad . Y como dice Ernesto
Sábato, en su libro La Resistencia, hay tiempos en que
se echa la niebla y no se puede volver atrás, ni se ve
el camino hacia delante. Esos, como hoy, son paciencia y de coraje.
____________
Notas:
[1] Diálogo en la
película de Montxo Armendáriz, El Silencio Roto
[2]
Martín Beristain, C. y Páez Rovira, D. Violencia,
Apoyo a las Víctimas y Reconstrucción Social: experiencias
internacionales y el desafío vasco . Madrid: Fundamentos
[3]
Berger J. (1986): Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos.
Madrid: Hermann Blume.
[4]
Ignatieff M. (1999). El honor del guerrero. Guerra étnica
y conciencia moderna . Madrid: Taurus.
[5]
Según la Comisión de DDHH de la ONU, la reparación
debe cubrir la globalidad de los perjuicios que sufrió
la víctima: medidas relativas al derecho a la restitución
(nivel previo), a la indemnización (compensaciones por
los daños) y la readaptación (asistencia sanitaria
o jurídica), medidas de reparación de carácter
general (declaraciones oficiales, monumentos, homenajes, etc.)
y garantías de que no se seguirán cometiendo violaciones
de derechos humanos. El derecho a la reparación. E/CN.4/sSub.2/1996/18.
Comisión de Derechos Humanos. Consejo Económico
y Social de la ONU
[6]
Arendt H. (1995): De la historia a la acción. Barcelona:
Paidós ICE/UAB