Carlos Martín Beristain.
-¿Para qué tocar las heridas?
Alguien le responde:
-Para qué va a ser, para curarlas.
Y la mujer añade:
-¿pero quién se atreve? [1]
Esta reflexión parte de la experiencia de trabajo en diferentes países que han
tenido que enfrentar las consecuencias de la violencia política y de algunas
experiencias de acompañamiento a las víctimas y de apertura de debates sociales
llevados a cabo en el País Vasco. También de una convicción, de que n ada puede
reemplazar a los familiares muertos o reparar el dolor de las víctimas. En
esencia, quienes trabajamos con sobrevivientes de la violencia política sabemos
que nos enfrentamos con un problema intratable. Pero una sociedad fracturada
por un conflicto violento debe enfrentar las consecuencias de esa violencia,
apoyar a las víctimas y sobrevivientes, y reconstruir las relaciones sociales [2] .
En los últimos años la situación en el País Vasco se ha visto condicionada por
el fin de la tregua de ETA, y el cambio en el clima social que eso supuso, un
impacto de la violencia en el tejido social, el debate sobre la atención a las
necesidades de las víctimas y un aumento de la polarización social respecto a
las posiciones nacionalistas o constitucionalistas . Estos
debates han estado marcados por la lucha entre partidos políticos por
consolidar su situación o forzar nuevos escenarios, cuando se daba una
extensión de las amenazas y un empeoramiento del clima social y político.
Mientras, se produjo un estancamiento y frustración de las expectativas de
distensión y cambio suscitadas.
Sin embargo, la situación ha cambiado en los últimos dos años, debido a un
conjunto de factores, como el quiebre de la polarización debido a los cambios
políticos, el cansancio y la convicción social de la necesidad de buscar
salidas, la ausencia de atentados mortales de ETA así como el intento de la
izquierda abertzale de tener un mayor protagonismo en la búsqueda de salidas
aún en medio de la ilegalización y el cierre de su espacio de participación
política.
Todos los procesos son diferentes, y no se trata de establecer paralelismos
entre países y situaciones. Pero en toda situación de violencia que haya
producido un número considerable de víctimas y un grave impacto en el tejido
social son aspectos básicos la necesidad de enfrentar el sufrimiento y cortar
la espiral de violencia; la investigación y el reconocimiento del daño y la
atención a sobrevivientes y familiares; abordar la justicia y (re)conciliación;
y la creación de nuevos consensos sociales.
El caso vasco tiene numerosas diferencias con otros, como los distintos
periodos en los que se ha mantenido la violencia (dictadura, transición,
monarquía parlamentaria), la degradación y extensión de la violencia hacia
grupos políticos y sociales, y la existencia de un conflicto en relación a la
cuestión nacional, entre otras. Sin embargo, muchos países que han buscado sus
propias salidas, comenzaron antes a discutir y compartir experiencias. La mayor
parte de esas experiencias nacieron en un clima de distensión y finalización de
la violencia, pero no han estado exentas de dificultades para lograr nuevos
consensos sociales y una prevención basada en el respeto a los derechos
humanos.
Un primer problema para poder abordar estos procesos
es la dificultad de reconocerlos y hablar de ellos. Por una parte la dificultad
de expresar y compartir el dolor, por otra considerarlo una consecuencia frente
a la que no cabe otra alternativa que la adaptación. Esto no sólo es un
problema que mira hacia las víctimas y sobrevivientes. También afecta a la
memoria colectiva. Los grupos enfrentados construyen memorias más cohesionadas
y excluyentes: se reivindica el propio dolor, pero se obvia o se desprecia el
ajeno. Y parte de la solución tiene que ver con lo que en Sudáfrica hacía
Desmond Tutú, el obispo anglicano y premio Nóbel de la paz presidente de la
Comisión de Verdad y Reconciliación: la igualación moral del sufrimiento. Es
decir, el respeto al dolor de todos los otros, era acogido y sancionado
moralmente, mostrando una empatía compartida hacia todas las víctimas y sus
familiares. Eso no significa sin embargo la igualación de los procesos
políticos, las causas o los perpetradores, ni decir que todo es entonces igual.
En diferentes países la tarea de investigar se encargó a una comisión de la
verdad, instancia con fuerte legitimidad moral y trabajo de investigación en
derechos humanos, cuyos resultados constituyen un esfuerzo de construir esa
memoria incluyente. En el caso vasco la creación de una comisión de verdad
estuvo en la agenda política del PSE antes de 1998 y fue planteada inicialmente
por una organización de víctimas del País Vasco, aunque después rechazaron la
idea, pero no se ha dado un debate amplio y sereno sobre el tema de la verdad o
la consideración global del impacto de la violencia. Probablemente algún tipo
de trabajo en ese sentido sea necesario en el futuro.
Muchas víctimas sienten como un agravio que sus
perpetradores no hayan reconocido el daño ni haya un rechazo a la violencia.
Este reconocimiento tendrá que darse en algún momento del proceso, pero por lo
que sabemos de otros países no puede ser una precondición. Un paso factible
sería el reconocimiento por parte de dirigentes de la izquierda abertzale del
dolor infligido y un desmarque de la violencia, e igualmente por parte del
Estado o los partidos que apoyaron las acciones de guerra sucia o que no han
investigado ni prevenido la tortura en distintos momentos.
Este desafío también teje a las relaciones vecinales o locales. Hace un año,
tuvimos un encuentro sobre este tema con un grupo de comunidades cristianas.
Una persona compartió su experiencia. En su pueblo, él no se solidarizaba con
el concejal del PP que vivía encima suyo, aunque estaba totalmente en contra de
que estuviera amenazado, porque pensaba que le iba a decir que tenía que estar
de acuerdo políticamente con él y le había dicho anteriormente que los
nacionalistas eran cómplices. Cuando pasaba delante de la pancarta de Senideak
en la plaza de su pueblo tampoco se acercaba a la mujer que tenía una tienda
debajo de su casa, con un hijo en la cárcel en régimen de primer grado hace
quince años a más de mil kilómetros, porque aunque esta totalmente en contra de
eso, no estaba de acuerdo políticamente con la izquierda abertzale. Es un
ejemplo de cómo las fronteras tejen lo local y las relaciones sociales, y de
cómo se necesita cuidar esos procesos con delicadeza y compromiso.
Lenguaje
y experiencia
En el caso del País Vasco, además se ha dado un
problema creciente de lenguaje sometido a esa polarización que bloquea muchos
debates. La polarización social arrastra una percepción estereotipada entre los
grupos rivales que, a su vez, endurece la misma polarización y dificulta la
búsqueda de soluciones. Las preguntas tipificantes ¿de quién es?, ¿es de
nosotros o de ellos?, sustituyen a las de contenido (¿qué dice?) y la
evaluación de las propuestas queda subordinada a la pertenencia grupal.
Por ejemplo, hablar de violencia política es visto por algunos como un intento
de legitimar a ETA, por otros como un reconocimiento político a sus atentados.
Para unos hay que hablar del terrorismo de ETA, para otros así se esconde lo
que ha sido el terrorismo de Estado. Cada vez más la situación de violencia
está mediada por representaciones sociales que impiden acercarse a cualquier
intento siquiera de plantear el problema.
Ya sea en el ámbito más privado o público, sólo se habla ante personas o grupos
de más confianza y que muestran una mayor cohesión. Ese es el último eslabón
que impide ejercer la esperanza que plantea John Berger[3]: La promesa es
que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo, a la experiencia que lo
necesitaba, que lo pedía a gritos .
Aunque es evidente que no cabe en los números, si
tomamos como referencia finales de los 60, como se ha tomado en cuenta para la
Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo, según los datos oficiales
se han producido más de 800 muertos por la acción de ETA y otros grupos, y
todavía después del fin de la tregua de 1998, ETA ha matado a más de 40
personas; la extensión de las amenazas hacia periodistas o cientos de
representantes políticos que condicionan la vida cotidiana y sus libertades;
cerca de 150 muertos por la acción policial o parapolicial fuera de
enfrentamientos, hasta el final de la década de los 80; la kale borroka supone
también graves amenazas o atentados contra cientos de personas; el impacto de
los malos tratos y la tortura que Amnistía Internacional calcula en 4600
personas desde los años 60; las condiciones de detención en aislamiento durante
años para centenares de presos y sus familias; o la problemática del exilio de
la que existen pocos datos.
Todos estos problemas y tragedias no son lo mismo ni tienen el mismo
significado, pero son cuestiones que hay que abordar, aunque sea en momentos y
espacios diferentes. La polarización corre el riesgo de generar consensos
mutuamente excluyentes en los que las nuevas víctimas son la verdad, la ética,
la participación política y el respeto a los derechos humanos. Valores todos
ellos que necesitamos para abrir cualquier proceso en el futuro.
Sabemos que las sociedades no se (re)concilian como pueden hacerlo las
personas, pero se necesitan gestos públicos y creíbles que ayuden a dignificar
a las víctimas, enterrar a los muertos y superar la violencia. Para hacer ese
camino se necesita acabar con la violencia y contar con la voluntad política
por parte de gobiernos y autoridades. Pero también de la fuerza y coherencia
necesarias para superar estereotipos y actitudes excluyentes entre distintos
grupos sociales o fuerzas políticas. Sin un cambio de cultura política no sólo
disminuyen las posibilidades de unir fuerzas que provoquen cambios sociales,
sino que se corre el riesgo de nuevos procesos de confrontación y división que
pueden afectar seriamente al tejido social.
La sociedad vasca ha mostrado durante muchos años un grado elevado de cohesión
y convivencia, a pesar de las diferencias políticas o sociales. Pero a pesar de
ello, el impacto de la polarización ha sido creciente con la estrategia de
socialización del sufrimiento , la extensión de algunos enfrentamientos en la
calle o instituciones locales (manifestaciones, mociones en ayuntamientos,
etc.), los asesinatos de representantes políticos locales o el impacto de la kale
borroka , y el inmovilismo político y la insensibilidad frente a las
demandas sociales, por otro lado. Esta afectación del tejido social es un
riesgo muy importante, pero también moviliza recursos para romper estereotipos
y contribuir a la despolarización social, como han mostrado experiencias
recientes.
La reconstrucción de las relaciones en una sociedad enfrentada, y que ha vivido
graves fracturas sociales o políticas, no excluye el conflicto. En muchos
lugares, tras la finalización de un conflicto violento los conflictos del
pasado no han desaparecido. Sencillamente, han tomado una nueva forma. En
algunos casos, el conflicto afecta a casi exactamente los mismos temas que en
el pasado, como la propiedad de la tierra, la marginación de amplias capas de
la población o la cuestión nacional. Lo que cambia es la forma en que las
partes persiguen sus objetivos incompatibles. En palabras de Ignatieff[4], reconciliarse
significa romper la espiral de la venganza intergeneracional, sustituir la
viciosa espiral descendente de la violencia por la virtuosa espiral ascendente
del respeto mutuo. La reconciliación puede romper el círculo de la
venganza a condición de que se respeten los muertos. Negarlos es convertirlos
en una pesadilla. Sin apología, sin reconocimiento de los hechos, el pasado
nunca vuelve a su puesto y los fantasmas acechan desde las almenas .
El impacto de la violencia no puede seguir considerándose una consecuencia más
a la que es necesario acostumbrarse, ni la experiencia de las víctimas puede
ser una materia para justificar la polarización, mirar hacia otro lado o
utilizar políticamente el sufrimiento.
Las medidas de apoyo a las víctimas incluyen
compensaciones económicas y educativas, programas de atención psicológica,
conmemoraciones y monumentos, etc.[5] algunas de las cuales se han puesto en
marcha hace ya unos años. Como parte de la salida, en los próximos tiempos se
necesita ampliar su cobertura, ofrecer nuevos servicios y contar con nuevas
iniciativas que marquen el camino hacia el futuro. Pero la primera medida de
reparación es poder vivir sin miedo .
También se necesitan medidas de humanización del conflicto, especialmente
respecto a las condiciones de detención, situación de las cárceles y de los
familiares. Hace un año participé con otras personas de Euskadi en un encuentro
realizado en el Parlamento de Catalunya y acordado por todos los grupos
políticos, sobre las experiencias del trabajo y participación de los presos en
el proceso de Irlanda del Norte y en Euskadi. Allí fuimos testigos de cómo un
exdirector de Institituciones Penitenciarias dijo públicamente que en las
cárceles españolas siempre había unos 600 presos acusados o condenados por ser
o colaborar con ETA porque a sus abogados les interesa que haya siempre un
número importante de presos para aumentar la presión social, reconociendo que,
en algunos casos, hay gente en la cárcel que no debería estar porque dejó su
casa a un amigo que resultó ser miembro de ETA y fue acusado de colaboración,
y que no deberían estar ahí . Esta lógica es parte de lo que hay que
cambiar.
El reconocimiento de los hechos por los autores así como las acciones que
ayuden a asumir la verdad como parte de la conciencia moral de la sociedad
vasca y española, son parte de la reparación de la dignidad de las víctimas y
la mejora de la vida de los sobrevivientes.
Los programas de atención psicosocial abordan temas en los que no sirven las
respuestas simples. Quienes trabajamos con los sobrevivientes nos quedamos
muchas veces en una situación de desnudez. Es una desnudez en una pequeña parte
común a la de la víctima. Tyte Mugrefia, un psicoterapeuta ruandés, dice, en su
trabajo con las víctimas del genocidio, que no podemos dar una respuesta,
pero hay que estar dispuesto a compartir, a hacer una parte del camino con ella.
Acompañar, mostrar solidaridad, aprender, es una experiencia que se necesita
para cualquier proceso de emancipación.
Hace tiempo que están sucediendo en Euskadi cosas que hemos visto también en
otros conflictos. Para Hannah Arendt [6] hay tiempos históricos, raros
periodos intermedios, en los que el tiempo está determinado tanto por cosas que
ya no son como por cosas que todavía no son. En la historia estos
intervalos han demostrado en más de una ocasión que pueden contener el momento
de la verdad . Y como dice Ernesto Sábato, en su libro La Resistencia, hay
tiempos en que se echa la niebla y no se puede volver atrás, ni se ve el camino
hacia delante. Esos, como hoy, son paciencia y de coraje.
[1] Diálogo en la película de Montxo Armendáriz, El Silencio Roto
[2] Martín Beristain, C. y Páez Rovira, D. Violencia, Apoyo a las Víctimas y
Reconstrucción Social: experiencias internacionales y el desafío vasco .
Madrid: Fundamentos
[3] Berger J. (1986): Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos.
Madrid: Hermann Blume.
[4] Ignatieff M. (1999). El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia
moderna . Madrid: Taurus.
[5] Según la Comisión de DDHH de la ONU, la reparación debe cubrir la
globalidad de los perjuicios que sufrió la víctima: medidas relativas al
derecho a la restitución (nivel previo), a la indemnización (compensaciones por
los daños) y la readaptación (asistencia sanitaria o jurídica), medidas de
reparación de carácter general (declaraciones oficiales, monumentos, homenajes,
etc.) y garantías de que no se seguirán cometiendo violaciones de derechos
humanos. El derecho a la reparación. E/CN.4/sSub.2/1996/18.
Comisión de Derechos Humanos. Consejo Económico y Social de la ONU
[6] Arendt H. (1995): De la historia a la acción. Barcelona: Paidós
ICE/UAB