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Flor
Alba Romero: Una Maestra en Derechos Humanos
No tenemos la
paciencia de escuchar al contrario"
Nota
de la redacción
El 21 de
abril de 2001, la ciudad de Nuremberg recibió el Premio 2000
en Educación en Derechos Humanos de la UNESCO. En la misma
ceremonia, la profesora Flor Alba Romero, del Instituto de Estudios
Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri) de la Universidad
Nacional de Colombia, sede de Bogotá, recibió en Nuremberg
una Mención Honorífica del Premio Unesco 2000 en Educación
en Derechos Humanos. Con tal motivo presentamos aquí a la
homenajeada, amiga y autora de memoria por muchos años.
Agradecemos a la Universidad Nacional de Colombia el siguiente artículo.
Luzdary
Ayala Villamil y Marisol Cano Busquets
Las imágenes
de niños trabajando, de madres adolescentes ofreciéndole
pegante para inhalar a sus pequeños hijos, de presos hacinados,
de familiares de desaparecidos y de hombres de la calle que a pesar
de tener 25 años revelan 50, se agolpan en la mente de la
profesora Flor Alba Romero. De cada uno de estos cuadros guarda
una historia de la que ella ha formado parte. Su papel ha sido de
mediadora, de maestra, de mano amiga en el momento preciso.
Es algo en lo que se
ha empeñado desde cuando terminó su bachillerato en
el Colegio Mayor de Cundinamarca, uno de los más antiguos
de Bogotá. Por entonces decidió irse como maestra
voluntaria a Puerto Lleras, pueblo de colonos en el Meta, donde
ni siquiera había escuela y el único pago era la alimentación
y el hospedaje que le brindaban los habitantes del apartado municipio.
Allá, junto con su esposo, permaneció cuatro años
alfabetizando a adultos y a menores con las herramientas pedagógicas
de Paulo Freire.
De regreso a Bogotá
se vinculó a la Universidad Nacional. Ingresó como
mecanógrafa a la Facultad de Artes, pero de nuevo asumió
su tarea social. En 1976 fue invitada a trabajar con el Comité
de Solidaridad con los Presos Políticos, que habían
fundado Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón
y Carmen de Rodríguez, entre otros. Ahí se desempeñó
como voluntaria durante diez años. Conoció crueles
situaciones de aislamiento y los atropellos contra estudiantes,
profesores y campesinos, en consejos verbales de guerra.
Se propuso ir más
allá en su formación profesional y logró un
cupo para estudiar antropología en la Universidad Nacional,
donde obtuvo después de tantos años el noveno mejor
puntaje en el examen de admisión. Luego hizo una especialización
en Derechos Humanos en la Escuela Superior de Administración
Pública, Esap.
En 1986, el padre Javier
Giraldo había organizado la Liga por los Derechos de los
Pueblos y la invitó a participar en esa misión. Fueron
seis años de actividades que tenían que ver con el
Tribunal Permanente de los Pueblos, el cuestionamiento a crímenes
de lesa humanidad y el análisis de la responsabilidad del
Estado en estos asuntos. Allí, "aprendí muchas
cosas", dice.
En 1992, la profesora
María Cristina Salazar la llamó a colaborar en Defensa
de los Niños Internacional. Tres años estuvo dedicada
al tema de los derechos de la niñez. Paralelo a ello, desde
el año 1989 la Universidad le aprobó un curso en Derechos
Humanos para estudiantes de antropología. En el segundo semestre,
éste se extendió a los estudiantes de Ciencias Humanas,
luego a los de toda la Universidad, con un promedio de 240 alumnos
cada año aprendiendo sobre normas nacionales e internacionales
de protección de derechos humanos, talleres sobre cómo
interponer acciones de tutela, el habeas corpus, experiencias con
casos reales.
Ha sido justamente ese
trabajo incansable de maestra, que la ocupa cada día desde
muy temprano y hasta altas horas de la noche, el que una mañana
de febrero le dio la grata sorpresa: el director general de la Unesco,
Koïchiro Matsuura, le comunicó que por recomendación
unánime de un jurado internacional decidió otorgarle
una Mención Honorífica del Premio Unesco 2000 en Educación
en Derechos Humanos.
"Es un premio no
sólo para mí y así se lo comuniqué al
director de la Unesco. Lo voy a recibir en nombre de tantas mujeres
y hombres, pero especialmente mujeres, que han dado su vida a esta
difícil tarea en un país como el nuestro y se lo dedico
especialmente a mis hijos Diana y Mario, a quienes les he robado
tiempo para adelantar estas labores, recibiendo su apoyo y cariño
incondicional siempre".
¿Qué
tarea en especial cree que motivó el reconocimiento de la
Unesco?
Creo que fue un poco
de todo lo que hemos hecho. El año pasado asistí a
un evento en Francia, en nombre de la Universidad, y al público
le llamó mucho la atención el trabajo que se desarrolla
en el campo de los derechos humanos desde un centro académico,
y que tiene impacto en la formación de los estudiantes que
luego, desde diferentes disciplinas, prestan
su servicio al país
como educadores de calle, madres comunitarias, docentes y líderes
sociales que trabajan con niños maltratados de barrios marginales,
desplazados, reclusos y reclusas, familias de desaparecidos...
¿Existe una
estrategia pedagógica para enseñar derechos humanos?
Educar en derechos humanos
no es fácil; conviene utilizar metodologías participativas
y esperanzadoras. Los derechos humanos como categoría jurídica
son herramientas para la acción. Los trabajamos, además,
como una propuesta ética de convivencia y tocamos problemas
de intolerancia, discriminación, subvaloración, xenofobia.
Hacemos mesas redondas, talleres, confrontamos a partir de la diversidad.
Muchos estudiantes que hicieron el curso retomaron el tema de derechos
humanos en su trabajo de grado. Fruto de esos diez años de
labor interdisciplinaria tenemos más de 35 tesis sobre el
tema.
En la ciudad también
tiene una trayectoria educativa...
Sí, claro. El
año pasado trabajamos en el Plan Canteras, en Ciudad Bolívar,
con 22 estudiantes de la Universidad preparados en derechos humanos,
con mil niños, 35 profesores de las escuelas del sector y
100 padres. En los sectores marginados se presentan niveles de agresión
muy altos. Encontramos niños víctimas de maltrato
social, en su casa y en la escuela. Pensamos que la escuela es un
vínculo afectivo muy importante que se debe aprovechar para
que los niños logren salir adelante. Estamos trabajando con
maestros desde 1992, a través de un convenio entre la Universidad
y el Centro de Formación de Promotores Juveniles, Cenfor.
Con los talleres nos hemos acercado mucho a lo que se propone en
la Ley General de Educación y a la idea de la Unesco de humanizar
la escuela.
¿Cuál
considera que es el grupo poblacional al que más se le violan
los derechos humanos en nuestro país?
De pronto la gente que
está en la situación más crítica son
los habitantes de la calle. Ya tenemos una tercera generación
nacida en ella y no le ponemos el cuidado que requiere. Las respuestas
institucionales no son suficientes. Un habitante de la calle tiene
una lógica de vida distinta, su horario de sueño,
de comida, todo se trastoca. Con ayuda de estudiantes del Consultorio
Jurídico trabajamos con ellos y nos dimos cuenta de que era
inútil hablarles de derechos humanos cuando todo lo tenían
negado. Es muy duro que haya colombianos que viven peor que los
animales, que tienen problemas de salud física y mental.
La vida en la calle es dura, muy dura, sobre todo en climas fríos
como Bogotá. Se trata de personas que tienen una expectativa
de vida de 28 años, que son producto de una injusticia social,
y al final son colombianos que tienen el derecho de vivir dignamente.
Ahí también
falta un proceso educativo...
La tarea educativa es
muy importante, porque toca lo cultural y nos enfrenta a esquemas
mentales etnocentristas; creemos que tenemos la verdad, que el indígena
es bruto, que el negro es perezoso. No puede ser que seamos tan
intolerantes, que descalifiquemos a ciertos grupos poblacionales
hasta el punto de pensar que no deberían existir. Igual ocurre
con los habitantes de la calle, reconociendo que ellos invaden el
espacio público, que para subsistir roban, que agreden. No
tiene ningún sentido conseguirles el montón de ropa
o un albergue, si no hay un proceso educativo que les brinde un
compromiso de vida y las herramientas para salir adelante. La abstinencia
de droga, por ejemplo, implica un acompañamiento especializado.
¿Qué
tipo de respuestas encuentran en estos grupos?
Son pocas. En la calle
se evidencian situaciones graves. Por ejemplo, la mujer es minoría,
es disputa sexual. Hicimos talleres de derechos de la mujer y no
hubo uno solo donde no encontráramos a una de ellas muy golpeada.
El habitante de la calle tiene cicatrices, moretones, tiene de todo.
Pero las mujeres, que son más o menos el 25% de esta población,
viven en condiciones más duras porque tienen que procrear,
por las enfermedades a las que están expuestas. El machismo
allá es muy fuerte. Al igual que en otros espacios también
hay expresiones de intolerancia, esa intolerancia que no nos permite
entender que hay otras personas que pueden pensar distinto y no
por eso deben dejar de existir.
¿Y el trabajo
educativo en defensa de los derechos de los niños?
Ese es otro tema y nos
enfrenta a una situación muy complicada, como es el caso
del desplazamiento. La Universidad, a través del Programa
de Iniciativas Universitarias para la Paz y la Convivencia de la
División de Extensión, además de propiciar
que los estudiantes hagan trabajos de investigación sobre
menores desplazados, ha hecho prácticas, como en el caso
de Soacha, donde se ha acercado a niños que no vivían
en extrema pobreza, que vienen de otra cultura y llegan a engrosar
los cinturones de miseria de la ciudad. Son niños con traumas
sicológicos, que han sido testigos de masacres, en las que
su mamá o su papá han sido asesinados delante de ellos.
Nuestro esfuerzo, además, es darle a los maestros herramientas
pedagógicas desde los derechos humanos, derechos de la niñez
y estrategias interdisciplinarias que faciliten su trabajo. Nuestro
esfuerzo es ver cómo hacer para que en medio de las dificultades,
de la crisis familiar, del problema económico y de la guerra,
haya escuelas que tengan una propuesta que atraiga a los niños.
¿Recuerda a
alguna persona que haya sido para usted modelo en defensa de derechos
humanos?
Hay varias, mucha gente
amiga. Pero la muerte de una de ellas me dolió especialmente:
la de Jesús Everardo Puerta. Él hacía parte
del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos,
fue asesinado en enero hace dos años, viniendo de Medellín
a Bogotá. Era un minero de Amagá, validó su
bachillerato, aprendió a asesorar a líderes sociales
y sindicales, para exigir sus derechos; era auténtico, muy
comprometido, además de ser excelente padre y esposo.
Después de haber
dedicado tantos años a estos temas, ¿por qué
cree que en Colombia todavía se mata tan fácil? ¿Por
qué tantas situacioes hay que solucionarlas a la brava?
Pienso que son varias
las causas para que tengamos estos niveles de violencia. Primero,
los conflictos sociales no se han resuelto integralmente, eso es
histórico, hay asuntos pendientes. Segundo, creo que el narcotráfico
nos hizo mucho daño. Los ejércitos privados llevaron
a que mucha gente se armara y no existe cosa más peligrosa
que una persona sin criterio con un arma. Y tercero, culturalmente
no tenemos la paciencia de escuchar al contrario y de saber vivir
en la diversidad.
¿Cómo
ve el rumbo del conflicto armado en nuestro país?
El conflicto está
causando muchas víctimas. La Cruz Roja Internacional dice
que de cada diez víctimas, nueve son población civil.
Eso preocupa mucho. Pienso que hay que apoyar el acercamiento para
el diálogo y que los actores armados se comprometan sinceramente
a alcanzar logros. Los gestos de paz deben ser más concretos
y lo que esperamos es seriedad tanto del gobierno como de la guerrilla.
Este conflicto se ha degradado, los actores terminan pareciéndose
mucho. Es una lógica armada donde no vale el poder de la
palabra. En nuestros talleres hemos tenido niños combatientes
cuyos únicos referentes son la agresión y la violencia.
Para que ellos se recuperen sicosocialmente se requiere mucha dedicación
y muchos años. Ahí es donde los educadores no podemos
desfallecer.
¿Piensa que
la ingerencia de otros países sobre nuestro conflicto ayuda
a encontrar salidas?
Sí, pues compromete
a los actores armados. Me parece que aquí los mojones se
perdieron hace tiempo, ha habido una barbarie. Una cosa es matar
a una persona de un tiro y otra picarla en pedazos con una motosierra
o, en el caso de las mujeres, abrirles el vientre, cortarles los
senos. El texto de María Victoria Uribe, Matar, rematar y
contramatar, nos dice mucho sobre el tema. Son asuntos que tienen
que ver con la salud mental y con un acumulado de violencia, de
agresión y de resentimiento que no se ha procesado. Por eso
se van heredando odios, intolerancia, incomprensión, y con
todos los componentes del problema económico, del problema
social, del narcotráfico, el Plan Colombia... esto es una
olla a presión.
Si tuviera que darle
un discurso a los violadores de derechos humanos en este país
¿qué mensaje les transmitiría?
Un principio elemental
es que hay que respetar la dignidad de la persona sin importar quién
sea. No podemos hablar de derechos sólo para unos. Les diría
que hace falta volver a cada uno de nosotros. No podemos dar lo
que no tenemos. La violencia intrafamiliar es un motorcito que se
repite y hace que se multipliquen las agresiones en el macroespacio
de la sociedad. Por eso creo tanto en la educación. Las personas
que han llegado a ese nivel no tienen otros referentes ni conocen
una vida distinta a la agresión, ahí es donde creo
que la pedagogía en derechos humanos es fundamental para
la convivencia pacífica, no pasiva, porque se puede exigir,
pero con reglas mínimas de respeto.
Una llamada interrumpe
el diálogo, que podría durar un día entero,
por las historias sin contar que tiene Flor Alba en su memoria y
en un archivo sistematizado. Se trata de historias que, para vivirlas,
la profesora alterna con la otra actividad que más le gusta
y que funciona como una terapia excelente: la música. A ésta
le dedica los fines de semana y algunas noches en las que, como
soprano, acompaña al Coro Interaulas Cántica de la
Universidad. "En diciembre tuvimos muchas presentaciones, cantamos
villancicos, fuimos a los hospitales, con un mensaje de alegría
y acompañamiento a los niños y niñas enfermos.
Para poder rendir en un ámbito como éste hay que descansar;
la salud mental tiene que estar muy bien".?
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