LA RECONSTRUCCION HUMANA: BASE PARA LA PAZ
EN CENTROAMERICA
Edgar Gutiérrez
Los centroamericanos seguimos estando ante un desafío formidable,
como es la construción de la paz. Naturalmente, la paz
entendida no sólo como ausencia de guerra, sino como la
convergencia de satisfacciones materiales y espirituales que generan
equilibrios en la sociedad y facilitan las relaciones humanas.
Para decirlo más claramente cito a la Conferencia Episcopal
de Guatemala, de su última Carta Pastoral "Urge la
Verdadera Paz!": la paz requiere un nuevo orden económico,
social y político conforme a la dignidad de todas y cada
una de las personas, impulsando la justicia y la solidaridad ...
Quiero
abordar este tema a partir de una serie de proposiciones que nos
permitan un acercamiento desde dimensiones diversas.
La
primera proposición sería: nuestros países
en Centroamérica viven un cambio de época, determinado
por tansformaciones profundas en los sistemas internacionales
de trabajo, por el papel de la tecnología en la producción
y reconfiguración de la geografía política
mundial. Esto significa la creación de un nuevo marco de
gobernabilidad para nuestros países, el que tiene como
premisa la desactivación de los conflictos armados internos,
entendidos éstos como manifestación prolongada de
la guerra fría, o sea, de la confrontación global
que comenzó a quedar resultas hace justamente más
de diez años.
La
así llamada globalización de los sistemas de producción
e intercambio levanta para nuestros países dilemas nuevos,
pero sobre un telón de fondo viejo y ya conocido. La fórmula
de la gobernabilidad tiene dos componentes: la reforma política,
que nos habla de una nueva relación de poderes en el estado,
esto significa que la anterior combinación de desarrollismo
y militarismo se debilita por caducidad y es reemplazada por el
paradigma neoliberal y el estilo empresarista. La reforma política
entonces, nos lleva a un reemplazo de las estructuras institucionales
y jurídicas forjadas en nuestros países tras la
Segunda Postguerra Mundial, pero viciadas y corrompidas hasta
el punto de que el llamado Estado de bienestar, se convirtió
para nosotros en Estado del malestar.
Ahora,
pues, vivimos una penosa transición hasta la reedificación
estatal, basada en la elaboración de un nuevo código
de relaciones sociales que pretende atacar el régimen de
impunidad tan extendido y al mismo tiempo acabar con la exclusión
política de las fuerzas que se levantaron en armas, en
el caso de Guatemala, desde los tempranos años sesenta,
y que desataron una de las crisis de poder y estabilidad más
serias desde las reformas liberales del siglo pasado.
La
reforma económica, por otro lado, pretende liberar las
fuerzas del mercado como condición de modernidad. El problema
es que los programas de ajuste estructural parten de una premisa
falsa: que nuestros países lograron cristalizar el proyecto
Estado-Nación, y que generaron las correspondientes clases
y grupos sociales que sustentan ese proyecto, y la consiguiente
cultura nacional. Nuestra realidad no corrsponde a ese esquema.
Los programas de estabilización y ajuste estructural tienen
el efecto de socavar desde el inico la reforma política,
porque aumenta la producción de pobres y de pobreza, es
decir, tiene un caracter excluyente y no equitativo.
Nuestros
países ingresan a esta nueva era exhaustos por las guerras
internas y el quiebre económico que venció la espina
dorsal de nuestros aparatos productivos, y la suplantó
por un sistema financiero altamente volátil y especulativo.
Nicaragua y El Salvador son dos ejemplos cercanos de tránsito
hacia la postguerra bajo planes de ajuste estructural empobrecedores.
Chiapas, en la frontera norte de Centroamérica, es otro
ejemplo de estallido de sociedades pre-estatales que llaman la
atención como aquella conciencia que no nos deja dormir
en paz, sobre el rumbo a que nos somete la globalización.
La reivindiación de los pueblos hoy día en Mesoamérica,
es decir, Centroamérica más la península
deYucatán de México, es simple y contundente: Queremos
países en que quepamos todos.
La
segunda proposición se refiere a los actores de este proceso
que he pretendido esbozar. He hablado de nuevos actores de poder
empresarial con pretensión hegemónica en nuestros
países. Se trata de una transferencia de la gestión
empresarial hacia la gestión estatal liderada por los estamentos
llamémosles modernos, gerentes, banqueros, e industriales
(rara vez terratenientes), los cuales también atraviesan
un período de aprendizajes y choque con las estructuras
que se resisten a su estilo de cambio. Estos sectores, que portan
en su agenda las reformas políticas y económicas
a que hice referencia, fomentan la reprivatización y los
nuevos valores de la educación, las normas de consumo y
las formas de representación social.
Los
viejos aparatos militares que marcaron una larga época
autoritaria y represiva en nuestras sociedades, se debilitan,
pero a la vez mutan sus aparatos y su ideología a las nuevas
circunstancias. No es casual que en las negociaciones de paz,
tanto en Nicaragua, como en El Salvador y Guatemala, en contextos
de relaciones de fuerza tan disímiles, haya un común
denominador: el intento de sujeción del nuevo poder civil
sobre el militar y la adecuación de las funciones de éste
a una sociedad democrática.
Sin
embargo, estoy hablando de mutaciones dentro de los aparatos militares,
porque hay ciertas instancias sombra de las fuerzas armadas que
normalmente son los organismos de inteligencia- que juegan un
papel estratégico para la gobernabilidad. Y la razón
es que las estructuras desplazadas generan una actitud reactiva
desestabilizadora a traves de las mafias, el crimen organizado
que, justamente se organizan fuera de la ley, como bandas de secuestradores,
robacarros, contrabandistas, narcotraficantes y pandillas juveniles
con control territorial. La mutación del aparato militar
puede ser todavía más riesgosa si imprime sobre
mentalidades militarizadas- los métodos que configuran
los Estados policíacos para controlar los múltiples
factores de inestabilidad social.
Luego
tenemos una sociedad civil desbordante y atravesando una crisis
propia de integración. En efecto, las sociedades civiles
en Centroamérica están mostrando un dinamismo contagiante.
Prácticamente están en todo. Los partidos políticos
como formas de representación de los diversos intereses
sociales en el Estado, han quedado agotados, como parte del viejo
sistema institucional, al igual que el sindicalismo que tanto
auge cobró durante la vigencia del Mercado Común
Centroamericano, en las décadas de 1960 y 1970.
Hoy
día, la sociedad civil se manifiesta de múltiples
formas, tanto en el campo del desarrollo, donde aporta enfoques
y metodologías microregionales para la pequeña producción
agrícola y artesanal, los conceptos de manejo del medio
ambiente y la actualización de tecnologías propias,
allá donde el estado se está retirando o donde nunca
estuvo, en el campo de la educación no formal, la capacitación
técnica, la formación ciudadana, la organización
comunitaria, con un mensaje abierto y participativo, de promoción
de los derechos humanos, de análisis de conflictos, de
superación de etapas postraumáticas y la educación
para la paz con justicia. También en el campo de la movilización
y la autogestión barrial, comunitaria, y municipal, y de
reconstitución de los tejidos sociales que quedaron tan
lastimados.
En
esta dinámica es que muestran un nuevo perfil las mujeres,
los movimientos de base y los movimientos indígenas, con
una propuesta explícita de reconstitución de la
nación sobre bases pluriculturales, multiétnicas
y plurilingües.
La
emergencia de las mujeres, como sujeto político, tiene
su propia explicación histórica en nuestros países,
y está muy vinculada a las necesidades que le impuso la
guerra y la precariedad económica a las familias. Es decir,
básicamente la trascendencia del ámbito doméstico
ocurre en los amplios estratos pobres y de clase media empobrecida,
y no en la clase media holgada, como ha ocurrido en otros países.
Los
movimientos indígenas, por lo consiguiente, surgen con
mucha vitalidad y coherencia ante los datos inquietantes de la
realidad: la globalización que irrumpe arrolladamente hasta
las últimas comunidades con su oferta masificadora del
consumo, borrando historia y cultura, e imprimiendo la velocidad
de los medios de comunicación. Ello golpea sobre todo a
las generaciones jóvenes y a las poblaciones desarraigadas
a causa de los conflictos armados, pero también de las
migraciones forzadas por razones económicas que miran la
jauja o sea, ese sueño de ciudades de grandes riquezas
y oportunidades- en la opulenta sociedad estadounidense.
Pero,
por otro lado, estos movimientos indígenas son conscientes
de la crisis del proyecto de Estado-Nación, encarnado en
nuestro países por las elites criollas (es decir, los descendientes
directos de españoles y europeos) y ladina, pues sus bases
materiales, sus premisas ideológicas de soberanía
y nacionalismao, así como su concepto de fronteras nacionales
se están alterando radicalmente. Menciono dos ejemplos
cercanos. Las misiones de Naciones Unidas para la verificación
de los acuerdos de paz, y los programas de alivio de la pobreza,
también canalizados a traves de Naciones Unidas, le dan
una dimensión internacional y transnacional a nuestras
transiciones que, a la vez, da carta de reconocimiento a los actores
hasta ahora subordinados, discriminados y excluidos por las étnias,
el género y la cultura de violencia dominantes.
Pero
antes decía que esta sociedad civil a veces tan amorfa
y conflictiva tiene su propia crisis de integración, que
se refiere a sus mecanismos de articulación y a sus formas
de representación. Ello se trata de resolver mediante referentes
territoriales, es decir, la gente se organiza prioritariamente
donde vive, que es su espacio vital de reproducción social,
y ya no trabaja, pues sus trabajos son múltiples, inestables
y exigen constante desplazamiento. De allí que los espacios
familiares, locales, comunitarios, municipales y hasta regionales
adquieran ahora una dimensión política diferente.
Las formas de representación, de igual manera, son nuevas;
muchas veces son simbólicas y se trata de conferir a autoridades
morales, antes que a representantes políticos. Esta legitimidad
a veces choca con la legalidad establecida y provoca desencuentros,
si el sistema jurídico establecido por el Estado no está
atento a ellos.
Quiero
terminar formulando una tercera posición. Esta se refiere
a la perspectiva de sobrevivencia de nuestros pueblos. En lo personal
tengo mucha confianza en la creatividad, el ingenio y la capacidad
de trabajo de los pueblos centroamericanos. Pero también
pienso que es importante detenernos a reflexionar sobre el efecto
acumulado, fatigoso, que ha tenido la vida en esa región
del mundo en los últimos treinta años, y los múltiples
desencantos de las promesas perdidas en el camino. Primero fue
la idea de desarrollo y progreso, como horizonte asequible de
una vida mejor, con la atracción de los centros urbanos,
la circulación del dinero y la tecnología que aseguraba
la abundancia. Después fue la revolución armada
como único camino para la transformación de las
estructuras injustas y la creación de un Estado que gestaría
también al hombre y la sociedad nuevas. Ahora es la conquista
de la paz en el contexto de la edificación del estado de
Derecho, y la eficiencia económica como postulado del neoliberalismo
para acercarnos a la cultura occidental desarrollada, postindustrial.
El
progreso no llegó a Centroamérica. La revolución
fue un sueño que algunas veces se transformó en
pesadilla. La paz puede ser la cortina de humo detrás de
la cual crece la miseria de los pueblos. Por todo ello, no es
extraño que enfrentemos una crisis gravísima, casi
existencial. El amor a la vida y el sentido de resistencia de
nuestros pueblos son ejemplos que siempre debemos recuperar, pero
que no nos deben impedir ver con realismo la perversión
que se nos impone.
Las
decenas de miles de niños que viven en la calle que realizan
sus únicas fantasías no prohibidas con los valores
y los personajes ficticios que salen del video, o en el uso fugaz
de una radiograbadora, o unos zapatos tenis de marca cuyo precio
sería el equivalente al salario de un mes del obrero, mientras
duermen alcoholizados o drogados. La aprehensión, la desconfianza,
la inseguridad en las calles y los caminos que hace ver en el
prójimo al enemigo, al agresor. Existen imágenes
terribles y espantosamente cotidianas de linchamientos y ejecuciones
de penas de muerte por parte de poblaciones enardecidas y a la
vez temerosas, que descargan su impotencia ante un real o supuesto
delincuente.
En
las postguerras se habla mucho sobre planes de reconstrucción.
Se diseñan proyectos y se ejecutan programas millonarios
con generosa asistencia internacional. Hasta ahora se habrán
invertido unos US 5.000 millones de dólares en programas
de reconstrucción material en Centroamérica, y están
por aplicarse otros US 1.000 millones de dólares en Guatemala.
Pero
en los ejemplos cercanos que tenemos en Nicaragua y El Salvador,
encontramos pueblos deprimidos por condiciones materiales de vida
siempre más adversas. En Guatemala tenemos un ejemplo cercano
de asistencia para la zona de Ixcán, una de las más
golpeadas por la guerra, donde se habrá invertido un millón
de dólares por kilómetro cuadrado, para la paz;
pero las condiciones que hicieron de aquella una próspera
y feliz región en los años sesenta y setenta, siguen
sin regresar.
Hay
una dimensión de la reconstrucción que ha quedado
relegada, y ésta es la reconstrucción humana, de
las personas y las comunidades. Esta es una tarea clave de acompañamiento
para la reparación interna, para ayudar al procesamiento
de las experiencias traumatizantes, al entendimiento de la historia
reciente, a la recuperación de la dignidad de las víctimas
y también, porque no, de los victimarios, al crecimiento
en sabiduría para el manejo de los conflictos locales e
intracomunitarios, en el manejo de nuestra propia coyuntura, de
sus riesgos y oportunidades. La reconstrucción humana es
piedra angular para la recuperación de nuestros pueblos.
Y en esto las iglesias están llamadas a dar una contribución
esencial.
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Ponencia
ofrecida en el seminario "La paz no significa solamente el
fin de la guerra Diez años de Esquipulas y sus consecuencias
para el tiempo presente" Baviera, 17-19 Octubre 1997.